El 14 de octubre pasado asistí al Palacio Nacional para acompañar a los más cercanos de Oliverio Castañeda de León; el 20 de octubre de este año se cumplían 30 años de su execrable asesinato. Aquel día, el gobierno de ílvaro Colom le otorgaba la Orden del Quetzal, en forma póstuma, a nuestro compañero en la AEU. (Esta es la segunda parte)
Precisamente del gran poeta, Luís de Lión, retomo el concepto que «los brazos y los abrazos (de las mujeres) son cunas o nidos». Y abracé a la madre de Oliverio con dolor; ese dolor que lastima, da rabia. Sufrimiento por la muerte: una vida joven segada por las balas en ese Portal del Comercio, en aquella zona uno, hoy despeltrada. Vida y muerte unidas por el hilo intangible de dos coincidencias muy propias; concomitancias suscritas entre este amigo y mi hermano biológico: entre Oliverio Castañeda y Herbert Mac Donald, ambos signados por una misma tragedia de juventud y destino; simplemente por haber nacido en la Guatemala de gobiernos fascistas, en el marco de la Guerra Fría.
Cuando doy aquel abrazo, siento regresar al nido, a la cuna, a los brazos de mi madre (Yoly) quien partió de este mundo esperando -siempre esperando- el retorno de su hijo desaparecido. Herbert fue secuestrado por las mismas fuerzas oscuras que asesinaron a Oliverio, aunque en circunstancias muy distintas; ella alentó toda su vida la idea del retorno de su hijo que nunca volvió, pues jamás encontró su cuerpo inerte para ofrecerle cristiana sepultura… y no pudo erigir una tumba donde llorarlo, ni donde ofrendar las flores al no-fallecido, al retoño que se fue y jamás volvió. Mi hermano no tuvo ni una fría lápida donde todos le pudiéramos visitar. No hubo un espacio físico, en donde mi madre pudiera materializar su dolor; exteriorizarlo, ¿expiarlo?, salvo las centenares de veladoras y oraciones de su templo interior. Ese dolor indescriptible, fue manifestado por el opaco brillo de sus bellos ojos verdes, pero siempre tristes? por no volver a ver al hijo desaparecido.
En aquellos otros brazos maternales, terminé por comprender el sentido trágico que tiene la vida para muchos hogares guatemaltecos? y el dolor de millares y millares de madres que han conocido la experiencia terrible de perder por muerte violenta a un hijo: como el caso de la madre de Oliverio? o como le sucedió a mi madre, perder por «desaparición-forzada» a su hijo mayor.
Abracé a la madre de mi amigo y fue como si mi madre me envolviera con sus brazos. Ambas han llorado todas las noches, en silencio, a sus hijos. Abracé a la madre de un joven asesinado; a la vez que a la progenitora de un joven desaparecido. En ese momento, por una mágica transliteración, un joven asesinado abrazaba a su madre? y un hijo desaparecido, abrazaba a la suya. Aquellas madres guatemaltecas habían ofrendado a sus hijos para la vida, no para la muerte, en este país absurdo. Uno, para la memoria colectiva; el otro: para el recuerdo familiar silente. Uno era mi amigo, el otro era mi hermano.
Momentos intensos, que he grabado en este corazón rebelde? aún.