El 14 de octubre pasado, asistí al Palacio Nacional para acompañar a los amigos y familiares de Oliverio Castañeda de León, porque el 20 de Octubre de este año se cumplieron 30 años de su execrable asesinato. Aquel día, el gobierno de ílvaro Colom había decidido otorgarle la Orden del Quetzal, en forma póstuma, a nuestro compañero en la AEU.
Ese acto, rodeado de lágrimas y pesares, pero de plena justicia para la familia del inmolado dirigente estudiantil, causó controversia y discusión entre las izquierdas guatemaltecas. Algunos protestaron porque el gobierno pretendió apropiarse de la admirada imagen de Oliverio Castañeda, así como del diáfano recuerdo que muchos guatemaltecos tenemos de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz Guzmán… y, también, del extraordinario escritor cachiquel Luís de Lión, (José Luís de León Díaz). Sus imágenes fueron magnificadas al colocar cuatro gigantescos afiches al frente del Palacio Nacional durante el mes de octubre de 2008, impresos en tonos de sepia nostálgico.
En este día, el destino me permite abrazar (dos veces) a la madre de Oliverio. La veo llorar en silencio, cargando una procesión luctuosa, pero con total firmeza de carácter. Y, dignamente, recibe la máxima condecoración que en el nombre del Estado, se le puede otorgar a un ciudadano guatemalteco, por altos méritos; virtudes que casi nunca son reconocidos en este país que es ingrato con sus mejores hijos. El gobierno, a nombre del Estado guatemalteco, reconoce el máximo sacrificio de Oliverio: haber ofrendado su vida a los 23 años. Un Oliverio que vivirá en el recuerdo nacional eternamente joven, idealista? mientras nosotros nos hacemos viejos, calvos y lentos. Aunque sin duda alguna, con una profunda satisfacción por haberlo conocido y compartido algunos pocos momentos inolvidables, de su fugaz pero intensa vida.
Hace treinta años, personajes oscuros, siniestros, bestiales, desde este mismo Palacio ordenaron la eliminación física de Oliverio. Imagino que hoy, al enterarse del homenaje, estarán revolcándose en el averno (Lucas, Chupina; y otros más) «esos», quienes cortaron de tajo la vida de Oliverio. Pero que (muy a su pesar, y sin saberlo) lo inmortalizaron, pues lo significaron históricamente como una parte importante -vital y auténtica- del imaginario nacional. Oliverio es reconocido, entre unos pocos guatemaltecos que han dado su vida por ideales patrios, en este país de demasiados traidores y cobardes. Nobleza e hidalguía, hoy justipreciada. ¿Qué mayor significado pudo tener su existencia?
Ese día tuve la oportunidad de abrazar a la madre de Oliverio, pero en realidad fue mi hermano mayor, Herbert, quien le dio un abrazo cariñoso, largo, sentido; ese hermano que fuera «desaparecido» por las mismas fuerzas oscurantistas que asesinaron a Oliverio. Un abrazo con sabor a treinta años sin luz de lunas y estrellas apagadas, con cielo oscuro. Sangre y muerte en un Xibalbá guatemalteco para una generación silenciada, cercenada de fantasías cívicas; sin nuevos esfuerzos por alcanzar utopías. ¿Una generación que fue abatida, precozmente, a balazos y con desapariciones forzadas?