En ocasión del enarbolado encuentro nacional de empresarios, es pertinente reflexionar sobre las «élites» de este país y su obtusa visión para comprometerse con un proyecto de desarrollo que no sólo sirva para el bienestar de sus socios y descendientes, sino el de toda la sociedad. He ahí el primer elemento de crítica, una concepción egoísta que considera que la riqueza de este país les pertenece, ya sea por esa mustia herencia basada en el despojo y la imposición, o por sus prácticas monopólicas, mismas que además les sitúan en franca contradicción con la aspiración de un pensamiento liberal que jamás podrán desarrollar por sus ataduras doblemoralistas.
Las élites de cualquier país decente lideran un compromiso político y social con el Estado, y dan muestra de voluntad porque son conscientes que la distribución de la riqueza es lo que dinamiza las relaciones del mercado y que luego reproduce la renta capitalista, lo que al final supone la razón para su adscripción ideológica de su noción de la realidad. En Guatemala por tanto merecen llamarse más bien oligarcas, porque su actuación es más concordante con un grupo de poderosos negociantes que se reúnen en sus clubes, en sus empresas, en sus cámaras, en sus zonas, en sus edificios, para hacer que todos los negocios dependan de su arbitrio. El origen de la oligarquía está situado en la Colonia, tiempo en el que se conforma la noción del criollo sobre una práctica de reparto y encomienda de todo a lo largo y ancho de la capitanía. Le sigue a este tiempo un siglo y medio de años en los que sucesos políticos y económicos, alrededor de la explotación de ciertos cultivos (añil, grana, café, azúcar, etc.), fueron determinados por un grupo reducido de familias «notables» que condujeron el destino del Estado de Guatemala, hasta lo que tenemos hoy día.
La oligarquía dominante ha construido una democracia conservadora con discurso libertario, con la legitimación de la iglesia y la aspiración de la medianía que se decanta por los «privilegiados», los «notables», «los ilustres» o «los importantes», los «miembros reconocidos de tal o cual familia», sin reparar que esos adjetivos serían otros, de tomar conciencia sobre la historia política y económica de Guatemala. El alarde de la oligarquía de querer ser empresarios innovadores, promotores del desarrollo tecnológico o responsables sociales, es un pavoneo sin contenido. Si alguien lo duda basta con leer las respuestas de sus representantes al reto de invertir parte de sus fortunas en la seguridad del país durante el evento aludido al principio: «ni si, ni no, quizá» dijo uno; otro responde tajantemente un «No, que le cobren al que roba». La propuesta de Fundesa de acabar con la pobreza para el año 2021 en coincidencia con el bicentenario de la Independencia, es ilusa e irrisoria sobre este panorama, lo único que podrá lograr para ese año serán doscientos años de tradición oligarca y de desigualdad avasalladora.
El pensamiento oligarca heredó fielmente los prejuicios y los temores de sus antecesores, porque sus valores son fundamentalistas, es por eso que ven comunismo en cualquier movilización social que demanda derechos, que no son sino clamor por derechos básicos de cualquier sociedad que se digne civilizada; ven chavismo y correísmo en los programas de asistencia condicionada del Gobierno actual, cuando los mismos han sido prácticas de gobiernos de derechas en otras latitudes. Cuando se es oligarca es difícil la altura política porque la autoalienación de la riqueza desbordante, obnubila la posibilidad de considerarse conscientemente parte de una formación social.