El mundo de entonces «corría» con menos contactos virtuales que los que hoy día nos tienen asediados. í‰ramos veinteañeros. Soñando y creyéndonos capaces de cambiar el mundo. Buscando y clamando por dignidad, por equidad. Sí, hace 30 años así éramos. Y hoy, 30 años después, aún creemos que algo podemos aportar para alcanzar justicia para todos. Para todos sin exclusión, inclusive para quienes nos perseguían con intolerante crueldad.
No buscábamos la heroicidad como una meta. De hecho la audacia de muchos de nuestros actos en el Movimiento Estudiantil, para unos, y luego, para otros, en medio de la lucha armada, fue producto de la juventud impetuosa y anhelante de un cambio ante un modo de vida prevaleciente que negaba precisamente el valor de la vida.
Hoy, caemos en la cuenta que nuestra sociedad continúa deambulando por la negación a la vida. El crimen y la delincuencia nos acechan por doquier. Las cifras son alarmantes. En pocas semanas se festejará el duodécimo aniversario de la firma de la paz. Y para muchos, demasiados tal vez, la paz y la democracia, siguen siendo procesos inconclusos; procesos en proceso. Cambios que no se afirman en la realidad cotidiana de nuestros semejantes olvidados. El campo y la ciudad están llenos de víctimas silenciosas del ausente Estado.
Hoy como ayer la necesidad de llevar la democracia más allá de la fachada electorera es nuestro afán. Hoy como ayer, la búsqueda de justicia sigue siendo vigente. Latente. Necesaria. Hay demasiada impunidad y un ostracismo incrustado en una frágil institucionalidad.
Mencionaba en la pasada entrega que en un día como ayer, nuestro histórico VEINTE DE OCTUBRE, hace 29 años, fue detenido-desaparecido otro compañero de la dirigencia universitaria. Otro compañero de la Asociación de Estudiantes Universitarios. Repito, me estoy refiriendo a Julio César Cortez Mejía. Los compañeros de entonces de la Coordinadora de AEU, nos dimos a sendas deliberaciones. Algunos grandilocuentes dirigentes de entonces, con sus razones y a veces sus acertadas opiniones «zafaron bulto».
Al final, como el martes pasado mencioné quedamos dos. Julio César y yo. Por una cuestión casi de azarosa, del grupo, en aquél entonces, yo era el único que tenía a su disposición pasaporte. La obtención del referido documento no era como ahora, cuestión de horas, era de semanas. Por control, por deficiencia, por lo que fuera, obtenerlo se llevaba su tiempo.
En aquellas fechas también se presentó la oportunidad de participar en un evento en ciudad de Panamá. La Panamá de Omar Torrijos. Entonces los debates alcanzaron otra dimensión. AEU tenía que participar en aquel cónclave. Contar en ese momento con el documento que nos permitía ausentarnos del país, fue también mi propio pasaporte para dejar de ser elegible de ser quien discursara el 20 de octubre de 1979. Tal situación, sin saberlo, significó que el destino corriera en forma tal que a Julio César le costara la vida.
Así, un 17 de octubre de 1979 salía rumbo a Panamá. Al llegar al Encuentro, aquellos jóvenes de varios países de América Latina, inquirían sobre la situación del país. La nómina de víctimas de la represión aumentaba todos los días. Al menos una vez a la semana alguien de la Universidad de San Carlos, resultaba víctima de tales prácticas. Tres días más tarde, no habría discurso de AEU en la Concha del Parque Centenario. En las primeras horas de aquella fatídica mañana, al salir de su casa, Julio César fue capturado. Nunca apareció.
Hay muchas calles y avenidas de la zona 1 citadina que están inundadas de recuerdos. En algunas en forma precisa, pudimos haber perdido la vida como otros y otras la perdieron. Fueron imponentes los movimientos de masas alrededor de las marchas fúnebres del propio Oliverio. El cortejo de Manuel Colom Argueta. El de Alberto Fuentes. Luego se produjo una ignominiosa cotidianidad. El número de víctimas fue tal, que pareció que asistir a dichos actos significaba un acta de defunción prematura.
El Estado de Terror se había impuesto a sabor y antojo. La intolerancia fue el común denominador. La agresividad y el desprecio por los semejantes fueron intimidantes. Laceró nuestros ideales, pero no nuestra capacidad de sustentarlos. Golpeó a nuestras compañeras y a nuestros compañeros de aulas. Castigó a la sociedad en su conjunto. Pero aún y en medio de todo, hoy como ayer, repito, siguen vigentes aquellos propósitos de una Guatemala justa, digna y democrática. Aunque no todos lo entiendan. Aunque hoy, 30 años más tarde, aún predomine la intolerancia y nuestra enfermiza actitud de desprecio por la vida y el futuro.