Obsesionados por el clima


Hace tres años, el 16 de febrero de 2005, entró en vigor el Protocolo de Kyoto, el convenio mundial elaborado en 1997 para limitar la emisión de gases que causan el efecto invernadero por parte de los paí­ses industrializados. Fue suscrito por más de 140 naciones, no así­ por los Estados Unidos. Paí­ses como Japón, Canadá, Rusia, Alemania, Gran Bretaña, Italia, Francia y España, entre otros, se comprometieron a tomar medidas para reducir entre 2008 y 2012 sus emisiones en un promedio del 5% respecto de 1990. El tratado obliga a reducir el uso de las energí­as fósiles, como petróleo, carbón y gas, que producen el 80% de los gases de efecto invernadero.

Marco Vinicio Mejí­a

Bjí¸rn Lomborg, autor del libro «El ambientalista escéptico», considera que si bien el calentamiento global es causado por las emisiones de dióxido de carbono, los modelos climáticos existentes indican que no puede hacerse mucho al respecto. Aun cuando todas las naciones (incluido Estados Unidos) apliquen al pie de la letra las normas de Kyoto hasta 2100, el cambio serí­a casi imperceptible. En esa fecha, el calentamiento se retrasarí­a tan sólo seis años, a un costo de por lo menos 150,000 millones de dólares anuales.

Para Lomborg, el acuerdo de Kyoto «es una forma costosa de hacer poco», en un futuro lejano, por paí­ses que para entonces serán mucho más ricos. Lo que debemos preguntarnos es cuál debe ser nuestra prioridad máxima, si detener el cambio climático o ganar la guerra contra el hambre, poner fin a las guerras, frenar las enfermedades transmisibles, suministrar agua verdaderamente potable o mejorar la educación.

El calentamiento del planeta resulta «el test moral de nuestro tiempo», pero, no debemos obsesionarnos con él. Si se rompe el cí­rculo de la pobreza al encarar otros problemas también urgentes, no sólo se beneficiarán los pueblos sino los hará menos vulnerables a los efectos del cambio climático.

Si por ahora no hay razón alguna para alimentar optimismos, hay que insistir en el orden internacional en favor de normas regulatorias que contribuyan a preservar el clima, aun a costa de una porción de rentabilidad económica.