El francés Raoul Dufy (1877-1953), pintor del mar, la «belle epoque» y la electricidad, heredero de Matisse y Cezanne, ofrece «el placer de la belleza» a visitantes del mundo entero en una gran exposición inaugurada en el Museo de Arte Moderno de París.
Pintor de vanguardia en el París de los años veinte, relacionado con el mundo de la moda y la decoración, Dufy fue olvidado al morir, opacado sobre todo por Picasso y Chagall, entre otros, aunque inspiró a pintores como Salvador Dalí, el chileno Roberto Matta o el británico David Hockney.
Nacido en el puerto de Le Havre, influido en sus años mozos por el impresionista Claude Monet, Dufy comenzó pintando marinas, en especial la bahía y las playas del balneario de Sainte Adresse, en las costas de Normandía.
«Cuando encontraba un motivo cualquiera en las playas me instalaba y miraba mis tubos de colores y mis pinceles. Me preguntaba de qué manera lograr plasmar, no lo que veía, sino lo que es, lo que existe para mí, mi realidad», escribió.
A los 23 años ganó una beca y dejó el puerto de Le Havre para instalarse en Montmartre. Fue «fauvista» e impresionista al comienzo, pero su verdadero despertar ocurrió en 1904 cuando vio en el Salón de otoño de París el cuadro de Matisse «Lujo, calma y voluptuosidad».
«Ante ese cuadro, al contemplar el milagro de la imaginación introducida en el dibujo y en el color, comprendí todas las nuevas razones de pintar; el realismo impresionista perdió para mí su encanto. Comprendí de inmediato la nueva mecánica pictórica», diría.
En la escuela de Bellas Artes de París conoció a George Braque, con quien irá al sur, al pueblo de l»Estaque, cerca de Marsella, donde vivió y pintó hasta 1908 el gran Paul Cezanne, cuyos hallazgos técnicos, y sobre todo su gama cromática restringida, le fascinaban.
Tras el derroche de color de los colores «fieros» –los fauvistas– Dufy siente la necesidad de renunciar a esos sortilegios para imponerse «una cura de austeridad y de disciplina constructiva». Siguiendo el ejemplo de Cezanne, simplifica.
Durante una estadía en Vence, en la riviera francesa, Dufy geometriza el paisaje y opone a la sucesión de curvas de las dunas la geometría de los «cubos» de las casas y edificios.
Se convierte en uno de los pintores de «la belle epoque», de las regatas e hipódromos, amigo de poetas como Jean Cocteau y Guillaume Apollinaire, a quien le ilustrará el poema «Orfeo y el cortejo de las bestias».
«El trabajo conduce a la riqueza: ¡pobre poeta, trabaja! La oruga, sufriendo sin descanso, se vuelve una rica mariposa», recuerda Apollinaire.
Dufy trabajó como diseñador de tejidos destinados a grandes modistos de su época; realizó también cerámicas con el catalán Josep Llorens Artigas, quien trabajaba igualmente para Miró.
Los visitantes se asoman con una leve sonrisa a las 120 pinturas, 90 dibujos, grabados o libros ilustrados reunidos por el Museo de Arte Moderno. Sienten el placer de contemplar y pintar que él experimentó, un placer experimentado desde 1947 por la escritora y mecenas norteamericana Gertrude Stein.
En 1937 la compañía parisiense de electricidad, con motivo de la Exposición Internacional, le ofreció un espacio de 600 m2 para que ilustrara el papel social jugado por la luz eléctrica. Realizó entonces su monumental obra «El hada de la electricidad» que ocupa toda una sala en el museo.
En la pintura de Dufy predominan la luz y los colores azules del mar en el sur de Francia. «El azul es el único color que en todos sus matices, del más oscuro al más claro, conserva su propia individualidad, mientras que el amarillo se ennegrece en las sombras y se ahoga en los claros; el rojo se vuelve marrón en las sombras y diluido en el blanco no es rojo sino rosado», aseguraba.
En la vejez, aquejado de poliartritis –debía atarse el pincel a la mano– volvió a pintar su puerto natal de Le Havre, pero ya no con sus sensuales pinceladas sino con manchones negros y rayas.
Son una serie de cuadros construidos en torno a una masa o mancha negra que va creciendo. Ese negro intenso representaba para Dufy el deslumbramiento que produce el sol cuando se le mira de frente, recordando quizás lo que decía el moralista La Rochefoucauld: «Ni la muerte ni el sol pueden mirarse de frente».