En su interesante libro “el mal del país: autobiografía de Bélgica”, Patrick Roegiers hace un recorrido escrito, como parte de remembranzas de la voz del Padre, con quien compartió vivencias pasadas de grandeza, como lo fueron las victorias de Eddy Merckx, el Ciclista de Acero, las glorias del equipo de futbol Anderlecht, y los matchs victoriosos de la selección en contra de Holanda, Francia y otros.
La grandeza de un país, asevera Roegiers, se mide un tanto por el valor de sus deportistas: se trata de hombres y mujeres que siembran mitos y contribuyen a cimentar la nación. Pero hoy, añade el autor: “ni siquiera recuerdo el nombre de algún buen futbolista belga, y le aplaudo a los clubes franceses y extranjeros, y les aplaudo como que fueran belgas… y es que esas actitudes son propias de la decadencia del medio”, se cuestiona.
Algo incluso más dramático sucede con los chapines, que aplaudimos glorias y mitos extranjeros ante la particular mediocridad de nuestro entorno deportivo. ¡Indiferentes y resignados somos!, contrario ello al acrecentamiento de la crítica y la exigencia de los vecinos aztecas y su prensa luego de las derrotas de su alicaída selección de futbol; todo ello exacerbado por el certero e irrespetuoso gol de Carlo Costley en el coloso de Santa Úrsula que selló la victoria de los hondureños.
Y mientras ese espectáculo acontecía, en un juego por demás mediocre, la selección de futbol de Guatemala perdía en Osaka, Japón, en un partido amistoso ante la aguerrida selección nipona. Y es que desde las vergüenzas en Sudáfrica, que revelaron la traición a la bandera por parte de algunos seleccionados, la decadencia por demás sintomática del futbol chapín se trata con la mayor indiferencia; tanto por la prensa, como en las propias redes sociales.
A pesar de los onerosos réditos que en México se manejan entre los canales de la gran televisión y los medios escritos, los periodistas y las propias redes sociales han puesto el grito en el cielo, y el conocido Chepo de la Torre no duró ni una noche más luego de la debacle; y lo que es más: la crítica hoy apunta a la dirigencia deportiva, y a los sucesores del antiguo cacique, Guillermo Cañedo: los potentados Azcárraga y compañía.
Mientras que aquí, todo sigue de lo más campante: el estadio del Trébol se seguirá medio llenando entre semana, y los estadios de Provincia paliarán la ausencia de otros entretenimientos, con bien pagados jugadores colombianos, brasileños y uruguayos, acompañados de guapas modelos foráneas.
En estos medios irredentos vivimos en la más completa parsimonia: como que nos corre “sangre de horchata”, como bien dice Oscar Clemente. Aquí no se pide la cabeza de nadie, y ello no es más que el fiel reflejo de nuestra actitud sumisa ante los caciques y aprovechados que nos gobiernan, en todos los ámbitos.
Y es que las mismas roscas y nomenclaturas se seguirán encaramando, como al igual lo hacen alcaldes, gobernadores y diputados distritales: aquí todos nos babosean, no en balde hay un cúmulo de diputados mediocres y corruptos, que se pavonean por el Congreso, año con año, sin aportar la más mínima ley o ponencia en beneficio del conglomerado. En estos ambientes, los de la macoya, nos dan “atol con el dedo”, y lo más triste es que “nos gusta”.