Nuestra voz y dignidad


«Las violaciones sexuales generaron aislamiento social y vergí¼enza comunitaria.»

Informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico

En Guatemala nos han robado la palabra, la memoria y la dignidad. Quienes defienden el despojo y la violencia como el mecanismo para concentrar los recursos productivos y la riqueza en muy pocas manos, intentan también imponernos el silencio para perpetuar este sistema económico y social en donde somos cualquier cosa, menos personas.

Ricardo Ernesto Marroquí­n
ricardomarroquin@gmail.com

Se nos permitió ver y escuchar y ser testigos de los hechos más atroces; pero al mismo tiempo se nos obligó a cerrar la boca. No tuvimos más opción que ahogar los gritos, y ese despojo de la palabra nos hizo caer en la soledad más profunda; al no reconocer nuestras voces, nos tornamos en seres extraños que comparten un mismo espacio.

Al principio, la imposibilidad de hablar fue impuesta a través de la amenaza, el miedo y el terror. Ahora, intentan persuadirnos con la patraña de callar para perdonar y, lo peor, es que de tanto escucharlos corrimos el peligro de llenar nuestras bocas con sus palabras y de reconocer en su discurso de olvido el fin de nuestras esperanzas.

Pese a sus esfuerzos e insistencias, pese a su lucha a favor de la impunidad, es necesario decirlo una y otra vez hasta que se sepa y se comprenda, hasta romper el cerco de la indiferencia: entraron, secuestraron, torturaron y violaron. Fueron violentos con nosotros, nos dejaron sin palabras y ahora pretenden un borrón y cuenta nueva para la construcción de un «paí­s en paz». Nos empujan a construir una falsa democracia al decirnos que exigir justicia por los crí­menes cometidos en el pasado es un «disparate» o una «confrontación sin necesidad».

Se sorprenden por los casos de femicidio y abren los ojos llenos de admiración preguntándose en dónde encontrar las causas de la violencia que se reporta en la actualidad, y de los altos niveles de impunidad. Se muestran incapaces de volver la mirada para reconocerse como los grandes maestros de la violencia y los grandes constructores de esta sociedad de esperpento.

Si alguna vez, a través de los golpes, los insultos y los crí­menes, se llevaron entre sus manos nuestra dignidad, ahora la recobramos al contar lo que sucedió. Es tiempo de tomar la palabra y hablar. No es necesario levantar la mano y pedir permiso para expresarnos en nuestro propio idioma, al ritmo de nuestro propio tiempo, con nuestro particular proceso de recuperación.

Ellos abusaron del poder que les otorgó las armas y el dinero. A través del abuso y la violación sexual escribieron en los cuerpos de las mujeres un mensaje de represión. Provocaron una herida que lleva muchas décadas abierta y únicamente con el acompañamiento adecuado para las ví­ctimas y la búsqueda de la justicia para los responsables de estos crí­menes, podremos pasar la página. Nuestras palabras, que evocan el pasado, no son una alegorí­a al dolor, al miedo y a la guerra, sino una herramienta para procurar que lo malo no se repita, y un grito lucha contra la impunidad.

Por ello, a las mujeres que durante dos dí­as se atrevieron a compartir sus testimonios desde su idioma materno, a quienes organizaron el Tribunal de Conciencia por las violaciones sexuales cometidas durante el conflicto armado, a las mujeres que aceptaron integrar el Tribunal y a las que estuvieron dispuestas a ser testigos del proceso, a la población que se atrevió a acercarse al Paraninfo Universitario a escuchar, a los medios de comunicación que publicaron la noticia… muchas gracias, porque se ha dado un paso importante para recuperar lo que es nuestro: la palabra y la dignidad.

La paz no se consigue a través de la ignorancia, la desinformación, el silencio y la impunidad; para la construcción de una verdadera sociedad democrática, es imprescindible hacer justicia por las personas que fueron ví­ctimas de la guerra. La voz de ellas es nuestra propia voz, y su lucha, una lucha general por el respeto y la valoración de la vida.