Nubarrones en las empresas públicas


Edgar-Balsells

La historia de los últimos cien años nos muestra que cuando diversos servicios de utilidad pública dejan de ser rentables, o se les ha ordeñado lo suficiente por parte de operadores privados, sencillamente se dejan, como a un anciano abandonado, frente a la puerta grande del Congreso o de la Casa Presidencial, para que vean qué hacer con lo que queda.

Edgar Balsells


Así pasó con la empresa eléctrica y la IRCA  en los 70, o recientemente con el pago de Q25 millones para 2,400 jubilados de Guatel, quienes fueron parte de los actores perdedores de las jugosas privatizaciones de mediados de los años 90.

Y así, ello sigue sucediendo, por ejemplo, con el Crédito Hipotecario Nacional que necesita cada cierto tiempo del salvavidas del Ministerio de Finanzas Públicas, y podría volver a suceder con el INDE, si no se emprenden acciones estratégicas, dada la tremenda carga de sostenimiento de una tarifa social, que ha significado, además, suculentas ganancias para los generadores privados de electricidad, y por supuesto para los distribuidores, a costa de las pérdidas del INDE, que en tiempos de los gobiernos militares, era todo un emporio empresarial público.

El nuevo anciano a punto de ser dejado en las puertas de los altos mandos estatales pareciera ser la Empresa Portuaria Santo Tomás de Castilla. La cultura corporativa, si a ello se le puede llamar “cultura”, que en ese ente autónomo prevalece, es parte de la vieja corriente sindical y de concesión de chances a diestra y siniestra, sin mayor calificación, para todos aquellos influyentes que se ocupan de la tramitología mercadológica aduanera y comercial portuaria, y para diversos núcleos familiares del área de Puerto Barrios.

Esa fue también la forma de operar de la muy antigua IRCA, con la importante excepción que en esos tiempos los ejecutivos norteamericanos que venían directamente de Nueva Orleans, y administraban también la “Gran Flota Blanca”, y un cúmulo de fincas, casi regaladas, por Estrada Cabrera, le daba al holding bananero, toda una serie de encadenamientos que hacía posible sostener toda esa maraña de puestos operativos y burocráticos.

Hoy la cosa ya no es así: en cualquier reunión de la nueva era de las zonas francas, y de los nuevos marcos del comercio exterior, uno se entera claramente que “times is money”, y que el secreto del mundo moderno es reducir ventanillas tramitológicas, capacitar operarios en el manejo de actividades altamente eficientes y automatizadas, y despachar  en tiempo los productos que vienen desde París hasta Beijing, pasando por Guatemala.

Así lo han venido haciendo otras latitudes, tal y como personalmente lo he podido comprobar al visitar instalaciones de este tipo en realidades no tan lejanas como Panamá o Puerto Cortés, que dicho sea de paso, está muy cerca Santo Tomas, y ni comparación en términos de instalaciones y eficiencia de servicio.

Y por si esto fuera poco, las primeras noticias que nos están viniendo del nuevo interventor de Puerto Quetzal, nos advierten, también, que por esos lares las cosas ya no van viento en popa, como en décadas anteriores. Pareciera ser que en el Pacífico la productiva vaca lechera de antaño, tiene las ubres cancerosas, producto de tanta esquilmada y de la mala administración de juntas directivas, gerencias y por supuesto sindicalistas influyentes.