Hace un año escribía con mucho regocijo. Hoy también lo hago aunque con una mezcla de melancolía. En ambos casos me expreso insuflado de profundo agradecimiento y orgullo. Celebraba ayer los 90 años como un triunfo sobre la vida, hoy veo los 91, los veo como un resignado tributo a la realidad de todos los mortales. En un solo año mi papá pasó de ser de un anciano robusto y desafiante de los calendarios a un viejito convaleciente y en plan de despedida… Cuando en los primeros libros de la Biblia se refiere la muerte de algún patriarca o personaje se agrega la sugestiva frase: «y se fue a reunir con sus antepasados». ¿Mero simbolismo o una intuición de una realidad que desconocemos? Y están siempre presentes entre nosotros, más aún, nosotros somos nuestros antepasados. En otras palabras nuestros antepasados respiran en nuestra carne, viven en nuestros relojes.
Imágenes de mi niñez me traen a la mente los grandes cuadros de gruesos marcos ovales o redondos que colgaban dominantes de las altas paredes de la casa de los abuelos. Cuadros que enmarcaban la foto en blanco y negro de un señor de pelo ondulado y abundantes bigotes con un traje de extraña solapa que asía con gesto adusto, o el de una señora de tímida sonrisa con pelo abultado y raro corbatín en el cuello, fotos algunas amarillentas que intimidaban desde la altura de los viejos roperos que guardaban recuerdos protegidos por naftalina. ¡Son el papá y la mamá del abuelo! nos decía con tono admonitorio la tía Leonor reclamando nuestro olvido e irreverencia con los antepasados.  Esa misma costumbre he observado en la mayoría de hogares sencillos y sinceros, de todo el país, en aquellas salas desprovistas de adornos superfluos o plásticos. La presencia de los antepasados es palpable. Pero realmente no son un mero recuerdo, como algo del pasado sino más bien como un adelanto. Se quiere tener presentes esos rostros que prontamente habremos de reencontrar.
Con el avance de los años aparentan disminuir las capacidades mentales, la memoria que falla y la conciencia que se desvanece. Creemos que está senil la abuela cuando «habla» con su mamá o se refiere a juegos con sus hermanitos niños, o acaso en medio de su bruma divisó a su abuelo y le empieza a contar una aventura infantil. No está trastornada ni senil ni delirante, solamente se está preparando para esos diálogos que habrá de continuar en poco tiempo. Es que todo ser humano es futuro. Somos futuro, estamos diseñados para el futuro. Estudiamos para el futuro, hacemos sacrificios para un mejor futuro, nos casamos para el futuro, engendramos hijos para el futuro. Pero el futuro es tan inmensurable que no se detiene con la tenue cortina de lo que llamamos muerte física. El futuro continúa. Esta vida pasajera es una mera etapa como un puente que debemos atravesar, por eso no podemos afincarnos aquí, ni hacer construcciones, ni poner todas nuestras esperanzas. Un viejo Rabino decía que la fórmula para vivir bien es sencilla: vive como quieras, pero asegúrate que al levantarte en la mañana del día que te vas a morir debes estar en paz con Dios. Realmente simple. Llevar como dice Facundo «una vida serena para una muerte serena». Y al final del camino lanzar el grito con Amado Nervo  «Â¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!» y esperar conformes la etapa en que según Borges «uno empieza a despedirse» o más aún enfrentar orgullosos el momento en que uno ya está cansado y satisfecho y ya, ¡ya quiere irse a reunir con los antepasados! Felices 91 años, Papá. Â