Nosotros, los caní­bales


El amor no da de comer; es una de las primeras enseñanzas que los suegros ofrecen, como consejo / amenaza para el futuro de su hija. Y, ahora, en tiempos de crisis, es bueno que los gobernantes lo recuerden, para que no «osen» siquiera insinuarlo.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Y es que no sólo de pan vive el hombre, sino también de tortillas, leche, carne (aunque sea las partes oscuras del pollo), etc. Pero a como van las cosas, habrí­a que cambiar, como decí­a Charly Garcí­a: «No sólo del hombre vive el pan».

Mientras los «analistas polí­ticos» se debaten en las soluciones, yo creo tener una. Ante el encarecimiento de alimentos y el aumento de personas hambrientas (y no sólo en Guatemala, sino que en todo el mundo), deberí­amos volvernos caní­bales; de una vez por todas, que el Congreso lo apruebe, según su costumbre, como urgencia nacional.

No serí­a un cambio muy profundo; se trata simplemente de quitarnos las máscaras. Ya basta que sólo los altos empresarios se estén aprovechando de la carne blanda y morena del pueblo. Al igual que el marrano, el cuerpo del hombre y de la mujer pueden servir para infinitos motivos.

Por ejemplo, ante el encarecimiento del diésel, se podrí­an llenar los tanques de sangre humana, así­ los asesinos y los dueños de las camionetas, ya no tendrí­an qué exprimirles a los pilotos.

Poco a poco, los guatemaltecos podrí­amos ir disponiendo de nuestro cuerpo para comer diariamente. Un dí­a, unas buenas patitas a la vinagreta para chuparse los dedos, como dirí­a Piñera. Otro dí­a, los muslitos en amarillo. Y cuando ya se vaya terminando la provisión, culminar con un buen revolcado. Eso sí­, dejar las partes más generosas, como las nalgas, para dí­as de fiesta, como la Navidad, en que celebramos la alegrí­a de vivir. El cabello harí­a una buena sopa de ángel; todo servirí­a: los sesos, como relleno de empanadas; las entrañas, para mollejas ahogadas en margarina; el hí­gado, para crear buenas defensas y protegerse de la gripe.

En un paí­s con un alto grado de asesinatos diarios (somos el quinto paí­s más violento del continente, recuerden), las provisiones serí­an altí­simas. Así­, los quince cadáveres diarios no servirí­an únicamente para transplante de órganos.

Y si a alguien le molesta este canibalismo mercantilista, pues que lo tome de algún modo más religioso. Hay que recordar que los cristianos creen que Jesús dio su carne y su sangre para la vida de los demás. Claro que, en un sentido metafórico, esto significarí­a que dar de uno mismo, en lo que pueda aportar, desde su trabajo, pueda mejorar el nivel de vida de los demás, y no sólo pensar en uno mismo.

Estos tiempos voraces nos obligan a ser fieros, y a pelearnos por las cosas, como si estuviéramos en la New York Stock Exchange. En lugar de asumir posturas solidarias, queremos ver nuestro propio bien. Comer nuestra carne sólo para nosotros mismos, sin darnos cuenta que esta desunión sólo permite que chacales consuman nuestro cuerpo mientras dormimos.

Pareciera que estamos atados al mercado. Que la ley de la oferta y la demanda, es que la domina, y que los empresarios no pueden hacer nada por cambiarlo. El que paga, al final de todo, es el consumidor final. No es el importador de diésel el que pierde, ni el transportista: es el piloto que paga el combustible. No es el importador de trigo el que pierde, ni el panificador, ni el vendedor de pan: es la gente que sólo le alcanza para desayunar una taza de café y un quetzal de pan de manteca.

La falta de amor y de solidaridad nos está matando, tal como ocurrí­a en el «Mí­ster Taylor» de Augusto Monterroso. Claro, que el amor no da de comer, pero sí­ ayuda a aguantar el hambre. (http://diarioparanoico.blogspot.com)