En sustitución del ministro y viceministro de Gobernación, Vinicio Gómez y í‰dgar Hernández Umaña, fallecidos en trágico accidente aéreo, el presidente ílvaro Colom nombró al doctor en Filosofía Francisco Jiménez Irungaray, Ministro, y al licenciado en Ciencias Políticas, Emilio Arnoldo Villagrán Campos, Viceministro. Esta vez, la opinión pública ha estado a favor de dichos nombramientos, lo cual no había ocurrido anteriormente en relación a otras designaciones hechas por el presidente Colom, pues habiéndose declarado su partido, UNE, y él mismo socialdemócrata, ha confiado importantes cargos a personas pertenecientes a la oligarquía nacional, de ideología y práctica neoliberal, lo cual no ha sucedido en este caso y, es de esperar que así sean los futuros nombramientos.
Por otra parte, según el currículum vitae de ambos nuevos funcionarios del Ministerio de Gobernación, ambos son universitarios preparados y especializados en disciplinas de inteligencia, seguridad y defensa, con la ventaja que no se les ha señalado de ningún execrable antecedente, sea de corrupción o de otra índole. Al punto que un abogado al servicio de los intereses del poder económico, sin duda por no tener conocimiento de hechos y actuaciones reprobables de Jiménez y Villagrán Campos, se limitó a decir que carecían de experiencia política, en lo cual está equivocado, porque el nuevo Ministro de Gobernación ha desempeñado importantes cargos durante las administraciones de Alfonso Portillo y í“scar Berger -lo cual podría serle desfavorable. Pero es cierto el refrán que reza: «Hay aves que cruzan el pantano y no se manchan» y, al parecer, de esa especie es el doctor Jiménez y el licenciado Villagrán Campos hasta fue militante de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) y ha trabajado como investigador, consultor y analista político de las organizaciones Incidencia Democrática e Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales. Además, tiene experiencia en cuestiones relacionadas con la política internacional, incluso militar, pues es diplomado en Estado Mayor, nada menos que en Vietnam, e incluso ha sido condecorado «por sus méritos académicos» por el Ministerio de la Defensa con la Medalla del Mérito Intelectual, lo que -con el perdón del aludido, a quien he apreciado desde hace muchos años- no le luce bien, porque una condecoración militar otorgada a nombre de un ejército genocida y etnocida no va bien en el pecho de un ex guerrillero de las FAR.
Sin embargo, lo anterior no es óbice sino más bien una circunstancia facilitadota para que Villagrán con su capacidad académica y experiencia política, así como por su autoridad en materia de inteligencia y seguridad, reconocida por las Fuerzas Armadas de Guatemala, sea en el ejercicio de sus funciones eficaz brazo derecho -aunque él sea de izquierda- del ministro Jiménez. Digo lo anterior porque si el Ministerio de la Defensa le aprecia y sabe de sus méritos, Villagrán tendrá oportunidad de lograr, a la par del ministro Jiménez, cambios importantes en las instituciones de seguridad (Policía Nacional Civil (PNC) y Ejército de Guatemala (EG)), que en vez de ser garantes de la seguridad y derechos humanos de los habitantes del país, han sido instrumentos de opresión y represión de las clases sociales campesina, obrera, y pequeña burguesía y agentes de seguridad para la minoritaria clase dominante y de los intereses económicos y políticos del imperialismo estadounidense, desde 1954 a la fecha. En efecto:
PRIMERO. En vez de haber actuado al servicio del pueblo y del acatamiento de las disposiciones constitucionales y legales, que le asignan al Estado la misión de «protección a la persona y a la familia» y que «su fin supremo es la realización del bien común» (artículo 1 de la Constitución), lo ha hecho a favor de la oligarquía nacional, haciendo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.
SEGUNDO. De conformidad con el artículo 2 de la Constitución «es deber del Estado garantizarle a los habitantes de la República la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral de la persona».
Sin embargo, repetimos, desde 1954, el Estado no ha garantizado a los habitantes de la República, la vida, sea por ejecuciones extrajudiciales del terrorismo de Estado o del crimen organizado: ni la libertad, particularmente de campesinos y personas pertenecientes a comunidades indígenas que se oponen al despojo de sus tierras, para empresas transnacionales de minería, petroleras, hidroeléctricas, o nacionales como la cementera que está ya instalada en San Juan Sacatepéquez o por latifundistas guatemaltecos y extranjeros, pues constantemente son detenidos, encarcelados y procesados; ni la justicia, sea la ordinaria, civil, penal, privativa laboral y menos, mucho menos la justicia social, ni la paz, porque aun cuando en 1996 se firmó el Acuerdo de Paz Firme y Duradero, que puso fin a la guerra interna que duró 36 años, en Guatemala no se vive en paz, por el inmenso grado de violencia imperante, gracias a la cual si hay paz es la de los cementerios.