Hace cuatro años nos conmovimos con las imágenes del terror en Madrid, tras los ataques perpetrados con minuciosa crueldad. Las escenas del 11-M se sumaron a esa parte de nuestra memoria de la cual no quisiéramos tener registro. La geografía del dolor se amplió para que cualquier enumeración nunca resulte exhaustiva ni innecesaria. Parece que fue ayer. Se trató de esconder la verdad, si bien subsisten las hipótesis y no se han agotado las conclusiones. Pero para la matanza y las heridas no hay justificación. No existe principio político, postulado religioso o planteamiento ideológico que justifique truncar inútilmente la vida inocente de quien quería volver de noche a amar a su pareja, o de aquel que sabía demostrar cordura en su trabajo o en el aula.
La gente del mundo pregunta a nuestras sombras por las siluetas del hondo espanto al recordar hierros retorcidos y cuerpos mutilados. En la garganta subsiste otro de esos nudos que a veces sólo el tiempo logra desatar. Las muertes súbitas, los alaridos congelados y el plomo subterráneo desgarraron y abrieron viejas heridas, jardín macabro de senderos que convergen en historias amarradas a ciclos de indignaciones, condenadas al corto plazo, batahola que nunca se disipa para los deudos.
Los ayes españoles cumplieron cuatro años. Tristeza que contiene cantos de rabia. La entraña sigue abierta y lacera ver que otros lloran por causa de guerras ajenas. Bush porfía en la idiotización planetaria, aunque Aznar dejó de ser uno de sus mejores acólitos en Europa, sólo detrás del servil de Blair. Los halcones de Washington no son tan repentinos como los terroristas de ocasión, mientras nosotros en este agujerito en el mapa ignoramos si de algo sirvió dolernos por la España en cuyo cuerpo la sangre viva fue suya hace cuatro años. Si ya no madre de nuestra lengua, hermana en la desgracia hecha una en nosotros. La negra muerte canta para recordarnos que es compañera siempre presente.
El once de marzo nos recordó que mucha sangre continúa ignorada. Nuestro deber es no olvidar las tumbas anónimas. En esta medianía de marzo no pidamos que aparten de sí este cáliz, pues la queja extraña, apenas musitada, le hará saber a la muerte que es señora del pavor y la desesperanza.