Nobel de Quí­mica por trabajo sobre proteí­nas


Osamu Shimonura, cientí­fico japonés, es uno de los ganadores del Premio Nobel de Quí­mica 2008, el cual fuera anunciado hoy; comparte honores con dos colegas estadounidenses.

El Nobel de Quí­mica recompensó hoy a tres investigadores, un japonés y dos estadounidenses, que tras el descubrimiento de la proteí­na verde fluorescente en una medusa lograron avanzar en el conocimiento del desarrollo de enfermedades como el cáncer y el Alzheimer.


El japonés Osamu Shimomura y los estadounidenses Martin Chalfie y Roger Y. Tsien ganaron el Nobel por el descubrimiento y desarrollo de la Proteí­na Verde Fluorescente (GFP) observada en las medusas, que «se convirtió en uno de los más importantes instrumentos utilizados por la bioquí­mica moderna», añadió el jurado.

«Con la ayuda de la GFP, los investigadores desarrollaron ví­as para observar procesos que antes eran invisibles, como el desarrollo de las células nerviosas en el cerebro y el de las células cancerí­genas», añadió.

Todo partió de la medusa Aequorea victoria, de donde se extrajo la proteí­na GFP cuyas propiedades hicieron que la investigación biomédica avanzara espectacularmente.

«Con la ayuda del GFP, los investigadores desarrollaron métodos para observar procesos que eran hasta ahora invisibles, como el desarrollo de las células nerviosas en el cerebro o como proliferan las células cancerí­genas», según el comunicado.

Esta proteí­na tiene la particularidad de emitir fluorescencia bajo rayos ultravioletas (UV) sin ayuda de otras sustancias.

Fue Osamu Shimomura, nacido en 1928 en Kyoto, el primero que observó a inicios de los años 60 esta medusa que adquiere color verde cuando se agita.

El estadounidense Chalfie, nacido en 1947 y profesor de biologí­a en la Universidad Columbia en Nueva York, concibió a fines de los 80 las aplicaciones que podrí­a tener esta proteí­na milagrosa para la biomédica.

Logró en especial identificar el gen que controla la GFP, lo que facilitó su utilización en laboratorios, en especial en la investigación del gusano llamado C. elegans.

La fluoresencia del GPF hizo posible localizar proteí­nas en células y rastrear sus desplazamientos.

El tercer Nobel, el estadounidense Roger Tsien, nacido en 1952 y profesor desde 1989 en la Universidad de California en San Diego, amplió más los alcances del descubrimiento al lograr colores todaví­a más intensos.

Ahora los investigadores pueden, gracias a la GFP, seguir la evolución de las células, por ejemplo los daños causados por la enfermedad de Alzheimer.

En una experiencia espectacular, investigadores diferenciaron células nerviosas del cerebro de un ratón, con un kaleidoscopio de colores.

Ayer el Nobel de Fí­sica recompensó a dos japoneses, Makoto Kobayashi, de 64 años, y Toshihide Maskawa, de 68 años, y a un estadounidense de origen japonés, Yoichiro Nambu, de 87 años, por trabajos que facilitaron la mejor comprensión del origen del universo.

El año pasado, el premio Nobel de Quí­mica fue otorgado al alemán Gerhard Ertl por sus trabajos sobre aplicaciones industriales que van desde fertilizantes a tubos de escape catalí­ticos.

El premio de Literatura será atribuido mañana y el más prestigioso entre ellos, el Nobel de la Paz, será anunciado el viernes en Oslo.

El lunes será anunciado el premio Nobel de Economí­a, para cerrar así­ la temporada 2008 de los Nobel.

Los premios Nobel, que se entregaron por primera vez en 1901, fueron fundados por el industrial sueco Alfred Nobel, quien deseaba que tras su muerte, en 1896, se distribuyera su fortuna anualmente en forma de premios.

Los ganadores del Nobel de quí­mica compartirán los tres un cheque de 10 millones de coronas suecas (1,02 millones de euros) y recibirán su premio el 10 de diciembre en Estocolmo.

COLAUREADO


El japonés Osamu Shimomura, de 80 años, uno de los tres ganadores del premio Nobel de Quí­mica hoy, estudia desde hace medio siglo las proteí­nas fluorescentes, «uno de los instrumentos más importantes utilizados en la bioquí­mica moderna».

Trabajó en la universidad de Princeton (New Jersey) de 1965 a 1982, antes de convertirse en profesor emérito del Laboratorio de Biologí­a Marina (MBL) de Woods Hole (Massachusetts), y luego de la Universidad de Medicina de Boston (Massachusetts).

Nacido el 27 de agosto de 1928 en Kyoto (Japón), Osamu Shimomura cursó estudios de Farmacia en Nagasaki y a partir de 1951 fue asistente en ese departamento por un periodo de cuatro años. En 1955 el joven investigador orientó su trabajo hacia la quí­mica orgánica.

A partir de 1960 fue el primer cientí­fico en observar la Aequorea victoria, una medusa luminiscente que vive en el Pací­fico Norte. De un diámetro de cinco a diez centí­metros, la Aequorea victoria también es denominada «gelatina de cristal» por su transparencia.

Emite rayos verdes, probablemente tras recibir estí­mulos mecánicos como un contacto o los movimientos del agua. De esta manera la medusa sólo deja ver de ella un cí­rculo luminoso fino, visible por la noche.

La longitud de la onda «verde» podrí­a ser para las medusas una señal repulsiva potente ante sus predadores.

Este trabajo se convierte en la obra de su vida. Durante 20 años, a partir de 1967, Osamu Shimomura pasó los veranos en el puerto de Friday Harbor en el Estado de Washington.

Tuvo que acumular una enorme masa de medusas para extraer í­nfimas cantidades de la proteí­na fluorescente (Green Fluorescent Protein, GFP), cuyas propiedades provocaron en la investigación bioquí­mica un salto espectacular, según el Nobel.

ILUMINADOS


Los estadounidenses Roger Tsien y Martin Chalfie, que compartieron el Premio Nobel de Quí­mica con el japonés Osamu Shimomura, continuaron el trabajo de Shimomura con una proteí­na fluorescente de medusas, actualmente una herramienta clave para la investigación.

La Proteí­na Verde Fluorescente (GFP) ha revolucionado la investigación en medicina y biologí­a, permitiendo a los cientí­ficos visualizar cómo funcionan los órganos, la propagación de una enfermedad o la respuesta de células infectadas a un tratamiento, explicó el jurado del Nobel en Estocolmo.

«La Proteí­na Verde Fluorescente ha funcionado en la última década como una guí­a para bioquí­micos, biólogos, cientí­ficos médicos y otros investigadores», señaló. «Esta proteí­na se convirtió en uno de los más importantes instrumentos utilizados por la bioquí­mica moderna».

Shimomura, nacido en 1928 en Kyoto y actualmente profesor emérito del Marine Biological Laboratory (MBL) de la Universidad de Boston, fue el primero en usar esta herramienta al estudiar la medusa Aequorea victoria en la década de 1960.

Chalfie, nacido en 1947 y profesor de biologí­a en la Universidad de Columbia en Nueva York, continuó con el trabajo de Shimomura. Ayudó a identificar el gen que controla la GFP y encontró maneras de insertarlo en una herramienta de laboratorio común, la milimétrica lombriz Caenorhabditis elegans.

Su idea era que al conectar el gen de la GFP con varios promotores de genes podrí­a ver dónde se producí­an distintas proteí­nas.

El laboratorio de Chalfie trabaja actualmente con la lombriz Caenorhabditis elegans sobre la degeneración neuronal, la sinapsis y el envejecimiento, entre otras áreas, según su sitio en internet. «Facilitar estos estudios es el desarrollo de nuevos métodos experimentales como la Proteí­na Verde Fluorescente como un gen y marcador de proteí­nas», añade.

Tsien, nacido en 1952 y profesor de la Universidad de California, en San Diego, dio el último paso.

Usando tecnologí­a de ADN, Tsien intercambió varios aminoácidos en distintas partes de la GFP, permitiendo a la proteí­na absorber y emitir luz en otras partes del espectro.

Pudo desarrollar nuevas variantes de la GFP que brillan más fuertemente y en distintos colores, permitiendo a los investigadores marcar las distintas proteí­nas en colores diferentes para observar sus interacciones.

Actualmente Tsien trabaja en la Universidad de California, en la ingenierí­a y uso de nuevas moléculas, así­ como en las relaciones de las estructuras en la Proteí­na Verde Fluorescente y su aplicación para monitorear las interacciones entre proteí­nas por transferencia energética fluorescente, según su página en internet.

Los ganadores del Nobel de quí­mica compartirán los tres un cheque de 10 millones de coronas suecas (1,02 millones de euros) y recibirán su premio el 10 de diciembre en Estocolmo.