El domingo pasado en vez de unirme con los que deseaban manifestar en la Plaza Italia para que se aplique la justicia en el vil asesinato de Rodrigo Rosenberg Marzano, encaminé mis pasos hacia la Plaza de la Constitución en donde se realizaría una manifestación dizque en apoyo al presidente Colom. ¿Alrevesado? No, al contrario, quería comprobar si había cambiado la tradicional forma de gastar de un gobierno demagógico, populista o manirroto, como usted prefiera llamarlo. Después de darle vueltas al Parque Central por la Catedral, el Portal del Comercio y el Parque Centenario, asqueado hasta el copete, me retiré con grabadora en mano, oyendo el largo listado que había venido elaborando, empezando por el acarreo como ganado a no más de 30 mil seres humanos, aunque la propaganda diga lo contrario y sin contar, claro está, con los acarreados que agarraron para otros lados, por ejemplo irse a «vitrinear» a lo largo de la 6ª. avenida.
De ahí que pregunte: ¿a quiénes trataron de engañar?, ¿al oficinista que prefirió ir a ver el partido de futbol del Municipal?; a las señoras de la casa que como todos los domingos tienen tanto que hacer para quedar bien con el almuerzo del marido que se revienta toda la semana trabajando? o ¿a la ancianita que no deja pasar ni un solo domingo sin cumplir con el santo sacrificio de la misa? Porque a quienes tenemos dos dedos de frente, de sobra sabemos lo que ocurre desde tiempos de Tata Lapo, no digamos en los últimos 13 años con los gobiernos de los antecesores de Colom, Arzú, Portillo y Berger. En el presente caso con una gran diferencia, que el del pasado domingo fue el más costoso, a pesar de que «estamos en plena crisis».
Lo más notorio fue ver al mismísimo jefe del Transporte extraurbano dirigiendo la estrategia del acarreo. Con razón, dije para mis adentros, no le queda tiempo ni voluntad para poner en cintura a quienes esquilman al pueblo con sus elevados precios antojadizamente establecidos, violando cuanta ley se emita para evitarlo. El equipo de video y sonido fue realmente impresionante para dejar sordos a los presentes y de ahí, como siempre, con el pisto del pueblo, se financió el pago de los servicios sanitarios portátiles; aguas y refrescos a los asistentes, los que pudieron en la molotera alcanzaron almuerzo, camionetas urbanas y extraurbanas esparcidas por la zona 2 y la central; pañuelos y camisetas verdes; cohetes, bombas, filmaciones, pancartas, pantallas gigantes y lo más repugnante, ver a ese sufrido y aguantador pueblo con la cabeza baja, aguantando sol, cargando la pesada carga de su enorme miseria. En fin, señoras y señores dilapidadores del erario nacional, ¿todavía no se han percatado que no todo lo que brilla es oro?