No soy un joven más


«La libertad siempre ha sido y es la libertad para aquellos que piensan diferente.»

Rosa Luxemburgo

Es curiosa la cobertura mediática y las opiniones que han surgido a partir de las manifestaciones (ahora de jóvenes, dicen) que exigen justicia por el caso del asesinato del abogado Rodrigo Rosenberg.

Ricardo Marroquí­n
rmarroquin@lahora.com.gt

Desde siempre, los voceros de la élite económica y social del paí­s nos han representado una falsa realidad de la juventud guatemalteca: por un lado los tatuados y pelones, «esos inadaptados» que pertenecen a las pandillas y, por el otro lado, los «dichosos» que prefieren pasar todos los fines de semana en algún bar de Cuatro Grados Norte o en alguna discoteca de la zona 10 y que ocupan las fotografí­as de los suplementos del sábado.

En un grupo o en otro, el espacio mediático no da escapatoria. Estás «in» o estás «out», no hay otra salida. Pero ahora resulta que los «in» se han convertido en un ejemplo de «civismo» y «patriotismo», porque «defienden la patria como hombres». Al menos, así­ lo expresó recientemente un lector del diario elPeriódico. Ahora, estar indignado, manifestarse, exigir justicia, es «in». Pero yo, al igual que muchas otras personas, sin importar la edad, ya estábamos indignados desde hace más de un mes, cuando defender el derecho a la manifestación todaví­a era «out».

Es cierto: tengo la misma edad que la actual Constitución Polí­tica de la República; apenas tení­a cuatro años cuando se dio la última desaparición forzada de un grupo de estudiantes de la Universidad de San Carlos de Guatemala por parte de las instituciones de seguridad del Estado; no habí­a cumplido los doce cuando se firmaron los Acuerdos de Paz que pusieron fin al conflicto armado interno; pasé por encima del charco de sangre que emanó del cuerpo de Monseñor Juan José Gerardi, en 1998, cuando iba camino al colegio, y cuyo asesinato representó la intolerancia contra los esfuerzos por dar a conocer nuestro pasado inmediato…

Sin embargo, no por ser «patojo» -como me han llamado en varias ocasiones tanto de manera negativa como positiva-, puedo aceptar cualquier propuesta polí­tica que se presenta de manera «oportuna» en esta coyuntura polí­tica tan especial. Y menos aún, cuando las propuestas que se presentan, de «juventud» y «progresistas» no tienen nada, ya que únicamente buscan perpetuar el sistema económico, polí­tico y social actual, que tanta miseria, hambre, desnutrición, desigualdad y exclusión han provocado en la mayorí­a de la población.

Sí­, el momento es oportuno para revisar sobre el tipo de Estado que queremos. ¿Qué cambios a la institucionalidad debemos provocar para lograr construir una sociedad que reconozca la diversidad y garantice el desarrollo integral de las personas? ¿Se apuntan para la reflexión?