En estos días más que en otras épocas, recibo muchos mensajes de gente que me pregunta si no me canso de mantener una lucha que parece estéril porque en medio de los ánimos caldeados que hay en nuestro país parece difícil la posibilidad de que podamos alcanzar en la sociedad grandes acuerdos para definir el tipo de país que deseamos construir para nuestros hijos. Por mucho que se hable del fin de las ideologías y de la vigencia del pragmatismo, en nuestro medio el diálogo social se ve marcado por el ruido de los radicalismos ideológicos que nos impiden esos grandes acuerdos que fueron el punto de partida para la construcción de la mayoría de países prósperos del mundo actual.
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No hay Nación que haya alcanzado su prosperidad y el bienestar de su población sin pasar por etapas duras en las que hubo necesidad de pactar entre los distintos sectores de la sociedad para, por lo menos, definir el tipo de país al que aspiraban. En Guatemala gozamos hoy en día de una libertad de expresión mucho más amplia de lo que hubo en los años del conflicto interno, pero lejos de que esa capacidad para hablar y expresar nuestras ideas facilite el entendimiento, lo que hay es multitud de expresiones dogmáticas en las que se pontifica sobre la visión de cada uno de los emisores sin el menor respeto por las opiniones ajenas, mucho menos deseo por tomarlas en cuenta para avanzar en discusiones serias.
Por supuesto que es difícil escribir todos los días sobre una problemática que en el fondo no cambia y que, definitivamente, no mejora. Cierto que ahora estamos mejor en temas como el del respeto a los derechos humanos, pero muy poco es lo que se ha modificado en la estructura de nuestra sociedad en la que seguimos padeciendo altísimos niveles de pobreza y tremendas muestras de inequidad que se manifiestan fundamentalmente en que no todos los habitantes del país tenemos acceso a oportunidades iguales para aspirar a nuestro desarrollo.
En vez de mejorar en el tema de la institucionalidad política del país luego de casi un cuarto de siglo de vigencia de la actual Constitución, vemos que no hemos sido capaces de estructurar un auténtico sistema de partidos políticos que ofrezca estabilidad y seriedad a la democracia. Siguen proliferando los grupetes de amigos que se organizan para llevar a un cuate al poder y que no se ocupan ni preocupan por la ideología, los principios y, menos aún, la conformación de verdadera base partidaria.
El Estado continúa con el deterioro que se le impuso hace muchos años cuando se pregonó que había que reducirlo a su mínima expresión, lo que en la práctica se tradujo en su desmantelamiento para dejarlo como un cascarón caro e ineficiente que no es capaz de cumplir sus fines esenciales, como se demuestra con el simple y concreto tema de la inseguridad.
Y no aparece un gobierno que tenga el liderazgo y la solvencia para ser el gran articulador de un consenso nacional en busca de nuestro norte como Nación; un gobierno que a partir de su indiscutible transparencia pueda realmente gozar de la autoridad moral indiscutible para pedirnos a todos el aporte, el sacrificio y la entrega para empezar la construcción de un país distinto, que se trace metas y que defina objetivos.
Guatemala sigue siendo un país que se mueve por inercia pero en el que no existe una fuerza real que lo conduzca y acaso esa certeza es la que más cansa cuando se trata de seguir arando en el mar.