La Cumbre de las Américas era fundamental para que el presidente Pérez Molina pudiera exponer su postura respecto al tema espinoso del narcotráfico y creo que logró su cometido en la medida de las posibilidades, colocándolo en la agenda al punto de que fue posiblemente la cuestión más importante junto con las de Cuba y las Islas Malvinas, al punto de que dos de los cuatro comunicados conjuntos tienen que ver con la materia, siendo uno el que específicamente habla de enfrentar al crimen organizado y otro el de la discusión sobre el tema de las drogas.
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Sin embargo, y con todo y la enorme importancia que eso tiene para nuestra seguridad, es importante hacer ver que hay aspectos de la vida política nacional que no se pueden postergar por más tiempo porque se corre el riesgo de que el acomodo de los poderes ocultos se consolide para garantizar que el sistema de corrupción y tráfico de influencias quede sin cambio alguno para que los negocios del Estado sigan siendo la viña para quienes se han sabido aprovechar de un sistema que carece de transparencia y de fiscalización.
A 100 días de gobierno, el presidente Pérez Molina tiene que retomar su idea de un cambio profundo que no puede ser otro que el de modificar estructuras administrativas para terminar con la práctica de que todo el aparato del Estado funciona por y para los contratistas del Estado que desde la campaña política, financiando el proselitismo electoral, se convirtieron ya en beneficiarios de esa práctica perversa de corrupción.
Personalmente me agrada que Guatemala haya rescatado algo de peso internacional a fuerza de hacer propuestas coherentes como en el tema de la seguridad regional de cara al crimen organizado y el narcotráfico, pero creo que es estéril el logro si no va acompañado de un proceso de depuración de nuestras instituciones para terminar con vicios que anulan por completo la viabilidad del cumplimiento de los fines esenciales del mismo Estado. No hay campo de la administración pública que se libre de la contaminación que significa el negocio turbio, el trinquete para beneficio de los grupos que se mueven como peces en el agua en medio de las facilidades que ofrece la ausencia de controles para asegurar que el dinero público sea bien empleado.
Y por ello sostengo que el “ahora o nunca” para cambiar al país rompiendo el sistema de la corrupción ha llegado y si no se hace algo pronto, esos poderes fácticos que han sido tan perjudiciales para el país se habrán asentado sin siquiera conmoverse ante las promesas de cambio, lo que condena a Guatemala a continuar bajo el yugo de los largos que se aprovechan del Estado únicamente para hacer negocios a diestra y siniestra.
Hay cuestiones en las que se entiende que hay proceso y se tienen que ir quemando etapas, pero cuando se enfrenta al monstruo de mil cabezas que es la corrupción, tan del agrado no solo de los políticos sino de muchos empresarios que le aprendieron a sacar raja a las debilidades institucionales, no caben las medias tintas ni los avances pasito a pasito. Son cuestiones en las que si uno empieza cediendo, con temas como el de las medicinas, los fertilizantes, las compras de armas, las concesiones mineras y los contratos de construcción, no hay probabilidad de dar marcha atrás porque se crean nuevas alianzas y se estrechan relaciones con los pícaros más descarados que explotan la debilidad del país para establecer mecanismos de transparencia.
Superado el esfuerzo de hacer un buen papel en la Cumbre de las Américas, que yo creo que se logró con más logros de los que se podían esperar, ahora hay que jugarse el todo por el todo con el tema más espinoso y peliagudo de la corrupción.