Yo me recuerdo muy bien cuando en abril del año pasado escribí sobre la muerte de varios agentes de la Policía Nacional Civil en un supuesto operativo antinarcótico en Amatitlán y comparé la reacción de los guatemaltecos con la que había visto pocas semanas antes en Pittsburgh, ciudad que se conmovió cuando unos agentes fueron muertos a tiros por un desequilibrado que había agredido a su madre. Los guatemaltecos no nos inmutamos por la muerte de los agentes y con el correr de los meses se supo que los policías en Amatitlán no andaban tras los narcos, sino tras el cargamento de droga para robárselo y que eso provocó el tiroteo en el que murieron. En otras palabras, el reconocimiento de héroes que yo reclamaba para esos agentes no valía porque eran vulgares delincuentes.
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Los sucesos del día de la Independencia en Tikal Futura huelen justamente a lo mismo y uno tiene que suponer que nuevamente la complicidad de algunos agentes con los miembros del crimen organizado pudo haber sido factor importante en la balacera que puso en peligro a cientos de personas inocentes que estaban en el centro comercial a la hora de los hechos.
Tristemente el Gobierno, por medio del ministro del ramo, lejos de explicar realmente lo ocurrido se fue con la versión policial de que se estaba dando seguimiento a un criminal y que en un operativo de captura se produjo el incidente. Si así hubiera sido, el error de procedimiento de la Policía sería tan garrafal que no sabe uno qué es peor, si que fuera un tumbe de droga o que los policías le estuvieran dando protección al capo o que realmente hubiera sido una captura tan mal planificada y ejecutada.
En todo caso, los guatemaltecos volvemos a tener razones para sentir no sólo desconfianza de la Policía sino miedo de ellos. No es inexplicable esa sensación de miedo que todos tenemos cuando un policía se nos pone enfrente, puesto que no sabe uno si es para protegerlo o, lo más probable, para usar su autoridad en perjuicio de la gente honrada. Ciertamente hay agentes buenos, muy efectivos y comprometidos con el trabajo que realizan, pero también hay muchos, demasiados a mi juicio, que usan la autoridad de que están investidos para perjuicio de la población y para sacar provecho de la ventaja que les da el poder de usar un arma.
La única manera en que podemos recuperar la confianza es si las autoridades admiten los errores que se cometen y, peor aún, reconocen cuando se ha incurrido en delitos por parte de las fuerzas del orden. Hay un agente muerto que aparentemente respondió solidario al llamado de uno de sus compañeros que, por lo visto, estaba al servicio de alguno de los grupos de delincuentes que se enfrentaron en Tikal Futura.
Creo que el ministro Menocal cayó de papo cuando dio declaraciones el mismo día 15 de septiembre, explicando que era una operación de captura de un conocido narcotraficante porque repitió lo que le dijeron los voceros policiales que, obviamente, no tenían ni la menor idea de lo que había ocurrido en ese hotel y centro comercial. Y con eso le hizo un daño enorme a la credibilidad del Gobierno, puesto que da la sensación de que con tal de salir en caballo blanco inventan cualquier charada que se les ocurra aunque para ello hagan añicos la honra de gente como el pastor evangélico asesinado en ese enfrentamiento y a quien luego pintaron como un narco.
Creo que una investigación a fondo y una explicación sincera de lo que pasó es algo que podría ayudar más a recuperar confianza y credibilidad, aunque quede en evidencia que había complicidad de agentes en el hecho.