Para mí el superior en el orden civil, un magistrado, debe ser forzosamente un especial miembro de la judicatura. En mi cabeza no cabe un mediocre, un puestero de tantos que andan como perros callejeros detrás del primer hueso que les tire el carnicero. Para mí un magistrado debe ser «un señor don» quien aparte de ser un caballero, haya merecido ostentar el adjetivo durante el ejercicio y desempeño de cargos durante su vida ciudadana. No, por favor no se me mal interprete, claro que hay también honorables damas que merecen desempeñar un cargo de magistrado, siempre y cuando satisfagan los mismos requisitos, méritos y experiencia exigidos al sexo opuesto.
Cuando leí el listado de 180 profesionales, publicado el jueves 7 de febrero que contenía los nombres de los aspirantes a ocupar el cargo de Magistrado del Tribunal Supremo Electoral, así como pudo haberme agradado enterarme que algunos de sus ex integrantes estaban dispuestos a volverlo a ocupar, como de tantos más que merecidamente debieran estar pero que no aparecen, también me causó el natural escozor comprobar que otros, a pesar de haber sido objeto de tantos y tan duros señalamientos cuando lo ocuparon, tranquilamente, sin ningún empacho se hayan unido al listado. Por ello me surgieron las preguntas ¿más de los mismos?, ¿más de los que se han pasado la mayoría de su tiempo desempeñando cargos públicos dejando tras de sí grises y hasta negros historiales o que si pasaron por un despacho lo hicieron sólo por la puerta de entrada, porque muy poco o nada hayamos sabido de que hayan dejado algo positivo con sus pobres ejecutorias, aunque en su mente y en la hoja de vida que afanosamente llenan hasta con la medallita milagrosa que les dieron en primaria por su buena conducta, narren maravillas de sí mismos?
A mi manera de ver las cosas, para ocupar el cargo de Magistrado del Tribunal Supremo Electoral, después de las tristes experiencias adquiridas, su imagen nunca debió haber sido menoscabada. Los aspirantes nunca debieron haber pasado del tingo al tanto la mayor parte de su vida detrás de un chance, mucho menos haber sido señalados de algo deshonroso, de haber sido alguien bueno para nada, como que se haya vuelto cosa pública que lo único que le haya interesado en su vida es pasarla bien, sin haberse fajado y mojado los pantalones a la hora de tener que atravesar un charco.
No sé si me doy a entender. Yo quisiera que a estas alturas hubiera sido posible clonar a gente de la talla de Arturo Herbruger, Adolfo Molina Orantes, Eduardo Cáceres Lenhoff o que un Mario Guerra Roldán se hubiera dispuesto a atravesar de nuevo el Canal de la Mancha. Lo que más nos hace falta en Guatemala son magistrados con valores y principios. Claro que existe gente preparada y hasta sobra aquella que se quiera pasar de lista. Pero no es eso lo que llevamos tiempo de estar clamando quienes tenemos rato de ver el barco a la deriva, porque literalmente con un hacha se han traído al suelo sus mástiles de honorabilidad, decencia y pundonor, atributos indispensables para sustituir a quienes fueron seleccionados solo por su listura, chispa y hasta por su brillantez para seguirnos viendo cara de lo que no somos.