En una crisis como la que estamos viviendo actualmente en Guatemala se espera que los dirigentes políticos, en este caso de oposición, adopten posturas serias, firmes y constructivas que nos permitan salir del atolladero. Sin embargo, ocurre también que algunos ven el río revuelto y pretenden convertirse en pescadores y eso es lo que previene a mucha gente de tener una participación más frontal para demandar el esclarecimiento de los hechos y la búsqueda de la justicia.
ocmarroq@lahora.com.gt
Entiendo que hay un sentimiento colectivo de malestar e indignación que ha sacado de su letargo a muchos guatemaltecos que habían caído en la actitud de ver cada nuevo crimen y asesinato como algo natural, como parte de nuestro sistema, resignados a soportar la violencia y, peor aún, la injusticia que la alienta, sin mover un dedo para aclarar las cosas. Al margen de los señalamientos, que ojalá puedan ser esclarecidos, es indudable que el video de Rodrigo Rosenberg, que se ha convertido en una de las piezas más vistas en Internet a nivel mundial, sacudió a muchos guatemaltecos.
Siempre he pensado que mientras los chapines no asumamos nuestro desafío de participación ciudadana, seria y responsable, no podemos pretender que nuestros problemas se resuelvan porque esa babosada de pensar que con elegir cada cuatro años presidente estamos viviendo en democracia carece de sentido. Es como esperar que ahora todo el futuro del país dependa de lo que haga la CICIG en esta y otras investigaciones. La CICIG es una ayuda, pero corresponde a los guatemaltecos actuar para demandar de nuestras autoridades un compromiso con la población. Nos corresponde a nosotros entender que al elegir a un gobernante no le damos un cheque en blanco para que durante cuatro años sea el rey, la autoridad absoluta, sino que le otorgamos un mandato para que nos represente y actúe en ejecución de ese mandato.
Quizá por tantos años de violencia sufrida durante la guerra, nos convertimos en un pueblo manso, aguantador y resignado. Un pueblo que ha visto cómo más de seis mil guatemaltecos murieron el año pasado sin que esos crímenes fueran siquiera investigados y no reclamamos, no nos indignamos, no exigimos. Nuestro mayor consuelo e ilusión es librarnos por casualidad del vendaval de la violencia y que nuestros amigos y parientes no la sufran, pero sin hacer nada para enfrentar a los malos que no son únicamente los que disparan, sino quienes impiden investigaciones y encubren los hechos delictivos en el marco de la impunidad.
Hoy todos ven en CICIG la tabla salvadora, aun quienes la objetaron fuertemente, porque todos nos damos cuenta que el país no tiene viabilidad si se mantiene el sistema que protege y encubre a las distintas formas de criminalidad y violencia. En ese sentido, en el de sentir la conciencia sacudida, sin duda que la muerte de Rodrigo Rosenberg ha impactado más que cualquiera de los otros asesinatos cometidos en el país. Pero repito que la CICIG no puede sola; somos los guatemaltecos lo que tenemos que decir ¡Basta! a un sistema que hemos dejado colapsar.
Por ello preocupa tanto que algunos demagogos quieran hacer su agosto en mayo y al querer capitalizar politiqueramente esa reacción ciudadana, la anulen porque la gente ya no comulga con ruedas de molino.