Es opinión general de los guatemaltecos que los tres organismos del Estado andan de cabeza, si no es el Ejecutivo el incapaz de dar buenos resultados a la hora de tratar de cumplir sus promesas electorales, es el Judicial el que no logra siquiera elegir a su presidente, no digamos soslayar al menos la aplicación de una justicia pronta y eficaz. Pero el Legislativo con sus malos manejos, deleznables contubernios e incapacidad manifiesta hasta para dirigir una sesión plenaria sin pésimos modales o al menos mínimas muestras de buena educación, indudablemente se seguirá llevando las palmas.
Leyendo la prensa uno de estos días me encontré con la noticia de que el edificio del Congreso está tan deteriorado que cae polilla en el hemiciclo parlamentario, pero que sus fondos no alcanzan para una nueva sede. Ni modo, si su principal tarea ha sido hacer humo varias decenas de millones de quetzales ¿cuándo van a tener el suficiente dinero para construir un nuevo edificio?
Pero que Dios no lo quiera, ni lo permita, ¿para qué construir un edificio para alojar 158, 200 o 250 diputados, si con 60 son más que suficientes? Eso sería otro derroche más, al igual que cuando se gastaron una millonada en adquirir un tablero electrónico que no ha tenido ninguna utilidad, porque la mayoría de sus desvergonzados elementos se niegan a usarlo para que así no les lleven ningún control, cuando esos fondos públicos serían muchísimo más útiles para construir una ampliación del Hospital San Juan de Dios o para levantar aquellos centros de salud que en el interior de la República son indispensables para salvar vidas humanas.
Por eso digo que no es el edificio del Congreso el deteriorado, sino los elementos que lo componen, puesto que han llegado hasta el descaro de recibir órdenes de sus tatascanes políticos sin ningún rubor o empacho, dejando en el tintero la independencia de poderes, clave fundamental del ejercicio democrático. Yo no me opongo a la mentada «tacita de café» para tratar de convencer a una bancada en la necesidad urgente de aprobar determinado proyecto de ley. La desvergí¼enza está en que van de por medio ventajas, privilegios y hasta plata debajo de la mesa para los diputados, quienes tienen rato de haber dejado su dignidad en la capotera de la puerta de ingreso a su recinto.
Pero ahora viene la pregunta del millón: ¿qué hacer para cambiar de raíz estos males que nos afectan? Algunos piensan que se lograría modificando la Constitución, otros más radicales creen que hay que sacar a palos a tantos malos diputados y aquellos que, como este aprendiz de escribiente, estamos convencidos que mientras no se retomen los valores y principios políticos y no se cambie la estructura de los partidos, dejando de funcionar sólo como casonas de empleo, no vamos a llegar a ninguna parte.