Parafraseando la famosa canción de Los Guaraguao, no, no basta con orar, hacen falta muchas cosas para que el Congreso de la República recobre la buena imagen perdida. El organismo legislativo es la más importante instancia política del Estado, ahí se discuten y aprueban las leyes que han de regir a la sociedad y al Estado, además a los diputados les corresponde fiscalizar la cosa pública, pero desde 1986 a la fecha el Congreso ha dejado mucho que desear. ¿De quién será la culpa? La sociedad civil elige pero no ha podido enviar a sus mejores hijos al organismo legislativo, talvez porque el sistema de partidos políticos vigente no ha podido ser un auténtico intermediario entre la sociedad y el Estado.
Los representantes, como se llama a los diputados, incongruentemente no representan grupos organizados de la sociedad civil. Muchos de ellos han sido buenas personas en la llanura, pero cuando ejercen su curul se alejan de la realidad social de donde vienen, aunque no pocos devienen de una trayectoria intrascendente o cuestionable.
De acuerdo con la Ley Electoral y de Partidos Políticos, el Estado invierte muy poco en la construcción de ciudadanía y en la edificación de un proceso político auténtico, democrático y ético. Si algún sistema es congruente con el mercantilismo, ese es el proceso político guatemalteco. Para hacer política se requiere de recursos financieros, por lo tanto, si no se cuenta con recursos propios para invertir en la construcción de un partido o para financiar una campaña, hay que buscar patrocinadores, quienes terminan condicionando el quehacer político. Lógicamente, en un modelo así es más fácil ser corrupto que probo.
Pero la política no tiene la culpa, solo es congruente con el todo del cual forma parte. Aquí, desde la conformación de la misma Constitución Política, se protege el empresario, el militar y, por supuesto, el político. Las leyes son casuísticas, hoy me sirven a mí, mañana a ti.
Por ello, cuando uno se entera que la actual Junta Directiva del Congreso inició sus labores con una oración y cabezas inclinadas, una pregunta asalta la mente: ¿A quién estarían encomendando su mandato?
Luego, cabe otra pregunta: Si ustedes, señores directivos y, por ende el resto de diputados, quisieran honrar al Congreso de la República, ¿existe alguna fuerza visible o invisible que se los impide? Si la respuesta es afirmativa, ¿por qué no lo denuncian? Si la respuesta es negativa, entonces ustedes son los únicos responsables de lo bueno o malo del organismo legislativo.
Ojalá esta última legislatura se preocupe por la transparencia, que entienda que son responsables de quienes vivimos a la par de ellos, pero más todavía de quienes vienen atrás de todos nosotros, a quienes, de seguir por el camino de la irresponsabilidad, les estamos heredando una sociedad desestructurada y un medio ambiente esquilmado.
De seguir serruchando el piso en donde estamos parados, ¿a dónde irá Guatemala? Urge, como lo sentenciara Ortega y Gasset, que las élites sean ejemplares. Solo desde ahí podremos caminar hacia un mejor horizonte en donde nadie se quede atrás de los demás.