La corrupción generalizada que azota todos los niveles de la estructura social y política del Estado guatemalteco, no tiene posibilidades de ser controlada con acciones paliativas y coyunturales que, a mediano y largo plazo, sólo propician la generación de males mayores y que, por un momento, pueden salvar la situación de credibilidad y de imagen de un gobierno y sus funcionarios, pero que, frente al futuro, no garantiza absolutamente nada, tal vez, y como ya dije, solamente males mayores. Es el caso, por ejemplo, de los despidos de funcionarios públicos a quienes se les ha comprobado culpabilidad en casos de corrupción. Aún más delicado el caso de policías involucrados en acciones delictivas mayores que ha ameritado su expulsión de tan delicada, compleja y desprestigiada institución. No basta con darles de baja, por el contrario, deben ser investigados y sentenciados, puestos en prisión o, en todo caso, ser vigilados constantemente, puesto que de baja se pueden convertir en delincuentes más peligrosos, por cuanto a su condición moral, de por sí precaria, añadirían el resentimiento y el peso del desempleo y la pobreza. Esto, unido a su experiencia en el manejo de armas y a los vínculos que sin duda tienen con el crimen organizado, además del conocimiento de la estructura y modo de operar de la policía, sólo garantiza delincuentes extremadamente peligrosos. Indicios de lo anterior han empezado a verse desde hace ya algún tiempo.
Es lugar común aseverar que los males deben ser atacados en su raíz, lo que equivale a decir que se debe atacar y erradicar sus causas y no solamente sus efectos. En los casos que hemos señalado, está claro que las soluciones no son las que en primera instancia se reconocen y aplican. Es imperante refundar una institución (en este caso la Policía Nacional Civil), cuidando muy bien el carácter y naturaleza de sus estamentos y tratando de dignificar, a través del reconocimiento de la persona humana y de nuestra realidad guatemalteca en sus más delicados y esquivos matices, la labor y la responsabilidad de los policías y de todos los funcionarios públicos.
Nunca es demasiado tarde.