La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA) reabrió las 221 escuelas en las que educa a los palestinos de la franja de Gaza y que han servido de refugio para miles de personas durante los 22 días de la ofensiva israelí.
En el colegio Al Zukur de la localidad de Beit Lahiya, los niños con sus inmensas mochilas jugaban ruidosamente en el patio, mientras en las plantas superiores del edificio una de las aulas, que una semana antes había sido alcanzada por un misil israelí, seguía calcinada.
Tras el bombardeo al colegio, se había declarado un incendio que provocó el pánico entre las cerca de 1.600 personas que estaban refugiadas en su interior.
Murieron dos niños, de cinco y siete años, y al menos 12 personas resultaron heridas, entre ellas la madre de los pequeños, a la que se le tuvo que amputar una pierna, según la ONU.
Es una de las tres escuelas con refugiados que fueron atacadas por el ejército israelí durante la guerra. El 6 de enero murieron 40 personas en el bombardeo de otro colegio de la ONU.
El ejército israelí dijo que estaba respondiendo a un ataque que procedía de estos edificios o de sus proximidades, pero el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, calificó los bombardeos de «vergonzosos» y pidió que se pidieran responsabilidades ante las instancias jurídicas.
En Al Zukur, según los servicios médicos palestinos, las secuelas del conflicto, que ha dejado más de 1.300 muertos -un tercio de ellos niños-, no sólo se ven en los muros.
«Dad un paso adelante si vuestro padre o vuestra madre han muerto en el martirio», dijo el director Riad Maliha por el megáfono cuando los niños estaban dispuestos por filas.
«Dad un paso adelante su vuestra casa está destruida», añadió.
Más de 20 niños se acercan a inscribirse para que sus familias puedan acceder a las ayudas de la ONU. Entre ellos, Anas Abas, un niño tímido de 12 años.
«Destruyeron nuestra casa y mataron a cinco de mis vecinos. Los judíos estaban muy cerca de nuestra casa», dijo.
Al igual que el resto de los niños, se expresa con frases cortas y a menudo responde con una sola palabra, callando la mayor parte de lo que ha vivido.
El director, Maliha, explica que en los primeros días de clase los profesores intentarán hacer que los niños se expresen.
«Animarán a los niños a hablar de lo que les ha pasado, a dibujar y a escribir sobre ello», dijo. «Imagine cómo serán las conversaciones. Decenas de niños traumatizados vuelven hoy al colegio», añadió.
A Jitam Aziz, psicólogo de Al Zukur, los niños le preguntan sobre la clase incendiada, o sobre los agujeros que han dejado las bombas en las paredes.
«Me preguntan por qué han bombardeado la escuela y dicen que tienen miedo de que (los israelíes) vuelvan. Les decimos que los judíos no volverán a atacar la escuela, que no tengan miedo, que pueden jugar», explica.
La mitad de la población de Gaza tiene menos de 18 años y más del 80% de la población depende ahora de la ayuda de la ONU para comer.
Tanto Israel como Hamas declararon un alto el fuego unilateral el pasado domingo y las tropas israelíes concluyeron la retirada el miércoles de un territorio donde han dejado miles de casas en ruinas.
No hubo fiesta cuando Aída al Qadumi logró finalmente casarse esta semana en Gaza. Tampoco hubo lamentos, porque esta mujer de 24 años que sueña con morir como «mártir» en Israel, se casa para criar «combatientes» palestinos.
La pareja decidió anular la fiesta «por respeto a los mártires». Y de hecho el salón de bodas que habían alquilado frente al mar para las celebraciones fue destruido por los bombardeos israelíes.
En una esquina del salón, las familiares y amigas de Aída, vestidas de negro de la cabeza a los pies, están sentadas en silencio.
Aída, por su parte, vestida con un traje largo blanco y dorado, habla en voz baja. Dice estar «contenta» por casarse. Pero también «triste» por las «destrucciones y los muertos».
Vive en el barrio de Chujaiya, un bastión de Hamas, en el que los combates fueron muy violentos. Han sido destruidas decenas de casas y han muerto decenas de personas, entre ellos muchos civiles. Tras la boda, irá a vivir a casa de su marido, en el barrio de Nasser.
«Durante la ofensiva, bombardearon varios edificios de al lado. Gracias a Dios, nuestra casa no ha resultado afectada. Vivimos constantemente con miedo», añadió.
Sus palabras están llenas de referencias religiosas. «Mi vida está en manos de Dios», dice como respuesta a una pregunta sobre sus ambiciones en la vida.