Cuando uno le pregunta a Sylvine, una pequeña haitiana de seis años, cuál es su pasatiempo favorito, no dirá jugar con muñecas. Responderá, en cambio, «barrer».
Como cientos de miles de niñas y niños haitianos, su madre, una campesina pobre del norte del país, le pidió que «se quedara» con una familia más adinerada de la capital, en la que ella se desempeña como «doméstica» desde hace dos años.
Primera en levantarse en la casa en el barrio de Pacot, a las 5 de la mañana, esta frágil niña es la encargada de ir a buscar agua potable a la fuente pública, a 5 km de distancia.
Menos de un cuarto de los habitantes de Puerto Príncipe tiene agua potable. Por eso se ven niñas y niños que atraviesan la ciudad con la pesada carga de bidones. Son los «Restaveks», nombre creole que significa «quedarse con», unos 200.000 pequeños sometidos a la esclavitud en Haití, entre ellos una gran cantidad de niñas.
En 1994, Haití ratificó la convención concerniente a los derechos de la niñez, pero la primera república negra independiente (1804), que pagó un precio alto por su lucha por la abolición de la esclavitud, no ha logrado hacer desaparecer la práctica de subyugación de los infantes pobres.
Sylvine debe además durante su jornada de cerca de 16 horas de trabajo ocuparse de los hijos de un primo lejano que se los confió y limpiar la casa. A cambio, no recibe salario, ni siquiera mucha comida, y duerme afuera de la casa en un colchón.
«No tengo nunca tiempo de jugar, mi actividad preferida es barrer», dice la niña, que se queja de que no la «dejan ir a la escuela como se lo prometieron» a su madre.
«Los Restaveks son privados de sus derechos más elementales, al juego, a vivir al abrigo de la violencia física y de los abusos sexuales», señala Njanja Fassu, funcionaria de la Unicef en Haití.
«Razones principalmente económicas llevan a familias pobres de zonas rurales a ’dar’ uno (o quizá más) de sus hijos a familias de la ciudad para tratar de ofrecerles un poco de comida y un lugar para dormir, esperando también asegurarles una vida más decente, sobre todo una educación, a pesar de que saben que sufrirán», dice Wenes Jeanty, del hogar Maurice Sixto.
La familia anfitriona hace promesas, pero la mayoría de las veces no las cumple. No hay documentos que oficialicen el acuerdo, en un país donde la mayoría de la población es analfabeta.
Los contactos entre el niño o la niña, que normalmente no tiene certificado de nacimiento, y su familia biológica son escasos, considerando las distancias y la imposibilidad de comunicarse.
El hogar Maurice Sixto le brinda a los «Restaveks» apoyo educativo, sicológico y afectivo, al tiempo que busca sensibilizar a las familias que les imponen agotadoras tareas domésticas y algunas veces los maltratan.
«La opinión del niño doméstico no cuenta y por esto pocas veces se manifiesta. Acá, tratamos de cambiar este comportamiento e intentamos que se forjen una autoestima», explica Jeanty.
El hogar, mantenido por la ONG suiza Terre des Hommes, busca también poner en contacto a los niños con sus familias.
Jean-Robert Cadet, antiguo «Restavek», señala que la pobreza no es la única explicación de esta práctica. La considera como parte de la herencia de la esclavitud, que marcó a este país como un hierro al rojo vivo.
A falta de acción gubernamental e internacional fuerte, «la tradición» de los niños esclavos se perpetúa, quizá por muchas generaciones. Los «Restaveks» son frecuentemente violados por el padre y por hijos de la familia «anfitriona».
Si quedan encinta, normalmente las niñas son echadas a la calle. Y quizá sus hijos sean utilizados a su momento como domésticos, pequeños esclavos.