Hoy es día de fiesta oficial en Estados Unidos porque es el día dedicado a la memoria del inmolado luchador por las libertades civiles, el reverendo Martin Luther King Jr., una de las figuras más respetadas y admiradas de esa histórica lucha por la reivindicación del derecho de la gente de color. Pese a la abolición de la esclavitud lograda bajo el mandato de Abraham Lincoln, la vida de los negros en Estados Unidos, especialmente en el sur del país, era un infierno por la discriminación grosera que sufrían.
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Luther King murió muy joven y poco tiempo después de haber pronunciado aquel famoso discurso en Washington, frente a una multitud impresionante, en el que definió su sueño de una Nación justa, respetuosa de los derechos de todos, sin que importara el color de la piel. Para los jóvenes de hoy resulta difícil entender por qué fue tan importante la lucha de ese pastor pacifista que murió asesinado por sus creencias, puesto que hoy en día la discriminación es mucho menos obvia, lo cual significa que aún existe pero jamás en la dimensión que todavía atestiguamos algunos de los que en los años cincuenta y principios de los sesenta viajamos a alguna de las ciudades del sur.
Un día después de la celebración del día de Martin Luther King veremos un hecho sin precedentes que yo pienso que ni siquiera fue parte de ese maravilloso sueño que fue describiendo en su discurso en Washington, porque la sola idea de que un afroamericano pudiera asumir la Presidencia de los Estados Unidos tras ganar una elección popular excedía cualquier sueño optimista que se tuviera. Por aquellos años leía yo el libro de Irving Wallace, El Hombre, en el que describía la investidura accidental de un negro como presidente norteamericano y el autor, por supuesto, tenía que hacer referencia a las resistencias generadas por el sentimiento de racismo que descalificaba de entrada a la gente de color simplemente por eso, por su pigmentación.
Hoy, en cambio, leo las encuestas que dan a Obama una aceptación de más de 80% en cuanto a la forma en que ha manejado la integración de su equipo de trabajo y la enorme popularidad que le acompañará mañana en el momento de su investidura y pienso que lo único que la historia deberá marcar como algo digno de agradecimiento al señor Bush es que con el desastre de su gobierno abrió las puertas para este hecho insólito, increíble en realidad y que fue posible, en gran medida, porque el electorado tenía que elegir a quien representara el cambio.
Obama, por su parte, no sólo aprovechó ese momento histórico, sino que lo hizo bien, tanto que ha logrado crear esa enorme sensación de optimismo que se convierte en su mayor reto, porque pocos gobernantes han llegado con tantas expectativas favorables, en medio de tantas crisis devastadoras como las que deberá enfrentar luego de ocho años de desgobierno.
Nunca antes se había celebrado el Día de Luther King con un marco tan especial. Hoy, todos los que admiramos en su momento la lucha de ese gran hombre y quienes lamentamos su asesinato, encontramos de manera vívida el reconocimiento a lo enorme de su lucha, de su esfuerzo y en los hombros de Barack Obama descansa todo el legado de la lucha por los derechos y libertades civiles.