Cuanta miseria rezumaría si se pudiera exprimir la noticia como que fuera un ácido limón. Caerían gotas de hiel, lágrimas y sangre. Una historia triste, deprimente, que ni siquiera Charles Dickens hubiera podido concebir; Dickens, el narrador de las indigencias y los conflictos sociales, el segundo autor más leído en lengua inglesa -después de Shakespeare-, quien a través de sus libros reveló al mundo los abusos y penurias de la Revolución Industrial, autor de Historia de dos Ciudades, Un Cuento de Navidad, Oliver Twist, David Copperfield.
La noticia nos denuncia como una sociedad cada vez más deshumanizada y constantemente bombardeada por tanta información manipuladora en esta época de la bobalización. Por eso la nota periodística publicada hace un mes pasó casi desapercibida. En todo caso el dolor de los golpes no fue nuestro, tampoco sufrimos las inenarrables horas de angustia y la infamante agonía. Fueron del pobre Gaspar Pérez que murió solo, rodeado de criminales lombrosianos que previamente lo amenazaron de muerte, advertencia fatal que al fin suscribieron con sangre. El duelo y la ausencia tampoco lo sentimos nosotros, lo sufren hoy día los familiares de Gaspar. Toda la crónica parece unos de esos murales renacentistas cargados de cuadros diversos y claves escondidas. Como ver el Juicio Final de Miguel Ángel. Muchas lecturas pueden extraer de esta narración.
Para empezar Gaspar Pérez se robó una gallina en el municipio de El Nueva Palmar. Hizo mal porque el robo es un delito y un acto antisocial. Pero la gravedad del hecho depende de las motivaciones. Se puede robar por maña, por oportunismo, por cleptomanía, pero también puede ser por necesidad, esto es, por hambre. El castigo debe tomar en cuenta las causas. En todo caso el cuadro nos informa a gritos que hay hambre entra la población, hambre de verdad. Llama la atención la celeridad de los agentes del orden. Contrasta con muchas otras denuncias, sin ir lejos la de mi amigo Juan Francisco que reclama que le están talando más de media caballería en Purulhá, Baja Verapaz; ha puesto varias denuncias a diferentes niveles y nada, nada, nada. Igualmente, en San Lucas a un familiar le cortaron diez árboles de ciprés y le corrieron el cerco, hemos puesto la denuncia y tampoco nada, nada.
En todo caso, según la información vertida, el juez le impuso una multa de Q400, diez veces el valor de la gallina (¿Qué tal si hubieran sido 82 millones?). Debemos asumir que Gaspar no disponía de esos “pinches” 400 quetzales porque de haberlos tenido los hubiera pagado, acaso con disgusto, pero como única alternativa para escapar la tenebrosa perspectiva de los centros de detención. Eran 400 quetzales más el tiempo que por la reclusión dejaría de trabajar. En suma no pagó. Lo enviaron al Preventivo de Quetzaltenango. Y en ese lugar le obligaron a pagar la talacha. ¿Quién manda en esos tétricos encierros? ¿Por qué la pronta justicia permite aquí la corrupción y las amenazas? ¿Serán verdaderos centros de “rehabilitación”? Y si no tenía para comprar una gallina, ni para pagar la multa, menos iba a tener para pagar la talacha. Ignoro el monto, son tarifas escondidas del mundo de las tinieblas. El siguiente cuadro que nos presenta el fresco, es el de unos engendros disfrazados de piltrafas humanas que insultan a Gaspar y lo amenazan constantemente. Pobre Gaspar, estaba encerrado. Luego los monstruos con ojos desorbitados y babeando hiel y saliva empiezan a golpearlo ¿Cómo? La nota no lo dice, pero suponemos que en los preventivos no son permitidas las armas o herramientas, por eso la sentencia la habrán aplicado a puro golpe. Patadas y manadas. Pobre Gaspar Pérez. ¡Y todo por una gallina!