Como todos los seres humanos, en la vida de Nelson Mandela hay luces y sombras, pero obviamente se trata de una de las principales figuras de la humanidad en términos de firmeza para luchar por los derechos humanos y contra las más burdas y crueles formas de discriminación racial que se puedan imaginar. Su vida debiera ser objeto de un profundo estudio para las nuevas generaciones porque constituye un ejemplo de tenacidad, de firmeza y de entrega a una causa por la que soportó represión y cárcel, pero fue tanta su determinación que rompió una estructura que parecía inamovible como la del apartheid que construyeron los blancos para dominar a Sudáfrica.
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Cuando uno se imagina el apartheid sudafricano, tan descarado y burdo que establecía por ley y sin tapujos las limitaciones que impedían a los negros del país, miembros de la mayoría de habitantes, disfrutar de elementales derechos individuales y colectivos, piensa cómo es posible que pudiera darse ese tipo de comportamiento en las postrimerías del siglo veinte. Pero hay otras expresiones sociales, no establecidas en ley pero afianzadas en costumbres que se arraigan entre los pueblos, que igualmente han negado a muchísimos seres humanos en el mundo la posibilidad de vivir con la dignidad inherente a su condición.
Y para todos los que en el mundo han sido víctimas de alguna forma de opresión o que han sentido la ausencia de oportunidades simplemente porque forman parte de un grupo étnico o económico históricamente marginado, la lucha de Mandela sin recurrir a la violencia es un ejemplo de la actitud que se tiene que adoptar para vencer las resistencias que impone esa costumbre de considerar a algunos seres humanos como inferiores o como menos dignos de gozar de todos los privilegios que se establecen para la clase dominante.
Hoy Mandela vive posiblemente sus horas finales víctima de una enfermedad propia de su avanzada edad y el mundo sigue con interés el curso de su padecimiento porque no se puede negar que el suyo es uno de los ejemplos más edificantes que nos ha dado la humanidad. La Sudáfrica de hoy es el producto de su esfuerzo y sacrificio, de su liderazgo y fortaleza para derrumbar al omnímodo poder del hombre blanco que no reconocía siquiera la calidad de seres humanos en esa muchedumbre mayoritaria de auténticos africanos que eran tratados, literalmente hablando, como si fueran animales.
Quebraron a miles de luchadores que quisieron resistir el apartheid y construir la sociedad incluyente que hoy vimos, pero no pudieron con Mandela y sus seguidores que son, a mi juicio, uno de los mejores ejemplos de que aun las luchas que parecen imposibles, aun el enemigo que parece invencible, puede ser derrotado cuando hay honestidad, firmeza, determinación y absoluta claridad de objetivos.
Sudáfrica es un ejemplo para la humanidad de cómo puede lograrse, sin llegar a una violenta explosión en la que ya no se busca quién la debe sino quién la pague, una radical y profunda transformación. Mandela no sólo garantizó la dignidad de los oprimidos por su color racial, sino que enfrentando naturales aunque excesivas muestras de sed de venganza, preservó también la dignidad de los blancos para construir una paz social cuyos frutos se han ido viendo con el correr de los años.
El día en que la frágil figura de Mandela nos abandone, seguramente que podremos decir que el mundo pesa menos, que la humanidad sufre una pérdida de alcances indescriptibles porque se trata de uno de esos individuos tan especiales, tan ejemplares, que dejan una huella imborrable, haciendo de su trayectoria una lección imborrable para todo el que busca justicia.