Fue en la época de Ramiro De León Carpio, después del autogolpe consumado por «Ali Babá» Serrano Elías, cuando la sociedad guatemalteca harta del desmadre que imperaba en el Estado, presionó al entonces Jefe de Gobierno (q.e.p.d.) para que depurara al Congreso de la República. Y así fue como se dio la purga que expulsó a todos los miembros de aquel hemiciclo parlamentario altamente desprestigiado. Catorce años después, tristemente para nuestra sociedad y nuestro sistema político, algunos colegas columnistas muy justificadamente ya empezaron a comparar a la actual legislatura con la de aquél entonces. Primero se descubre el «jineteo» de los 82 millones y que ésta ha sido una práctica común de los últimos presidentes del Legislativo, para pasar a observar de manera muy frustrante, que buena parte de los señores diputados se han vuelto reacios a aprobar de urgencia una ley que permitiría transparentar el uso de los recursos y acceder así a la información que todos los ciudadanos tenemos el sobrado y justificado derecho. No cabe duda que esa luz llamada transparencia siempre asustará a las cucarachas. Pero es el colmo, porque después de más de dos décadas de haber estrenado un nuevo sistema, insistimos en continuar en la inmundicia al no querer entender que lo único que nos ha podido legar es desorden y corruptela.
No hay duda que el sistema político en que estamos viviendo no tiene norte. Está hecho para crear y formar politiqueros, jamás políticos, distingamos esa enorme diferencia. La política tiene la misión de consagrarse al interés nacional y al servicio de los demás, pero desafortunadamente es la politiquería lo que aquí más se practica. Son aquellos que aprovechan el poder para el hueveo, los intereses mezquinos o la simple vanidad. Por eso es que cuando aparecen dignos representantes como Nineth Montenegro y otros pocos, resultan ser personajes que por ser tan escasos logran destacarse cuando el Congreso en general debería de ser símbolo de probidad, transparencia y confiabilidad. Puesto que está integrado por los representantes del pueblo a quienes la Constitución define como dignatarios.
Pero como este es un sistema que evita que lleguen los mejores hijos del país (con las accidentadas excepciones), estamos condenados a vivir en un círculo vicioso interminable. El Congreso podría ser nuevamente depurado, pero si insistimos en continuar con el sistema político actual no pasará mucho tiempo para que nos encontremos en la misma situación. Es como agarrar al rábano por las hojas, porque el inicio de la transformación de las instituciones del Estado e incluso de la misma sociedad, no es otra cosa que esa reforma política que tanta falta nos hace y que no hay manera de que le entremos de lleno. Pero también insisto en que la forma más efectiva para combatir la corrupción, es que todos los ciudadanos nos involucremos en un proyecto nacional como lo es el «Consejo Nacional Contra la Corrupción»; se trata de institucionalizar la lucha contra un mal que tanto daño le ha hecho al país y que amenaza con convertirse en una práctica habitual, ya que lo peor que nos podría pasar es llegar a acostumbrarnos. El bloqueo a la ley de libre acceso a la información que la clase politiquera mantiene en el Congreso de la República, solo pone en evidencia el pánico que ese sector mantiene porque la información, que representa un contundente poder, pase al alcance de todos los ciudadanos y ciudadanas.