¿Necesitamos otra depuración?


Fue en la época de Ramiro De León Carpio, después del autogolpe consumado por «Ali Babá» Serrano Elí­as, cuando la sociedad guatemalteca harta del desmadre que imperaba en el Estado, presionó al entonces Jefe de Gobierno (q.e.p.d.) para que depurara al Congreso de la República. Y así­ fue como se dio la purga que expulsó a todos los miembros de aquel hemiciclo parlamentario altamente desprestigiado. Catorce años después, tristemente para nuestra sociedad y nuestro sistema polí­tico, algunos colegas columnistas muy justificadamente ya empezaron a comparar a la actual legislatura con la de aquél entonces. Primero se descubre el «jineteo» de los 82 millones y que ésta ha sido una práctica común de los últimos presidentes del Legislativo, para pasar a observar de manera muy frustrante, que buena parte de los señores diputados se han vuelto reacios a aprobar de urgencia una ley que permitirí­a transparentar el uso de los recursos y acceder así­ a la información que todos los ciudadanos tenemos el sobrado y justificado derecho. No cabe duda que esa luz llamada transparencia siempre asustará a las cucarachas. Pero es el colmo, porque después de más de dos décadas de haber estrenado un nuevo sistema, insistimos en continuar en la inmundicia al no querer entender que lo único que nos ha podido legar es desorden y corruptela.

Guillermo Wilhelm

No hay duda que el sistema polí­tico en que estamos viviendo no tiene norte. Está hecho para crear y formar politiqueros, jamás polí­ticos, distingamos esa enorme diferencia. La polí­tica tiene la misión de consagrarse al interés nacional y al servicio de los demás, pero desafortunadamente es la politiquerí­a lo que aquí­ más se practica. Son aquellos que aprovechan el poder para el hueveo, los intereses mezquinos o la simple vanidad. Por eso es que cuando aparecen dignos representantes como Nineth Montenegro y otros pocos, resultan ser personajes que por ser tan escasos logran destacarse cuando el Congreso en general deberí­a de ser sí­mbolo de probidad, transparencia y confiabilidad. Puesto que está integrado por los representantes del pueblo a quienes la Constitución define como dignatarios.

Pero como este es un sistema que evita que lleguen los mejores hijos del paí­s (con las accidentadas excepciones), estamos condenados a vivir en un cí­rculo vicioso interminable. El Congreso podrí­a ser nuevamente depurado, pero si insistimos en continuar con el sistema polí­tico actual no pasará mucho tiempo para que nos encontremos en la misma situación. Es como agarrar al rábano por las hojas, porque el inicio de la transformación de las instituciones del Estado e incluso de la misma sociedad, no es otra cosa que esa reforma polí­tica que tanta falta nos hace y que no hay manera de que le entremos de lleno. Pero también insisto en que la forma más efectiva para combatir la corrupción, es que todos los ciudadanos nos involucremos en un proyecto nacional como lo es el «Consejo Nacional Contra la Corrupción»; se trata de institucionalizar la lucha contra un mal que tanto daño le ha hecho al paí­s y que amenaza con convertirse en una práctica habitual, ya que lo peor que nos podrí­a pasar es llegar a acostumbrarnos. El bloqueo a la ley de libre acceso a la información que la clase politiquera mantiene en el Congreso de la República, solo pone en evidencia el pánico que ese sector mantiene porque la información, que representa un contundente poder, pase al alcance de todos los ciudadanos y ciudadanas.