Es evidente que a lo largo de todas las generaciones la fijación de las fiestas obedece al ritmo perpetuo y repetitivo de las estaciones. Cada celebración se establece cuando corresponde según esa perfecta sinfonía del movimiento de los astros (conforme la perspectiva del hemisferio norte). La arqueología ha demostrado que los observatorios, desde la Edad del Bronce, no son más que marcadores que vigilan los distintos momentos del movimiento del Sol o la Luna (como Stonehenge o posteriormente Chichén Itzá). Quizá la fiesta más conspicua es la explosión florida de la vida cuando regresa la primavera tras los meses oscuros del frío invierno. Todas las civilizaciones han solemnizado sus fiestas de primavera en los últimos días de marzo y los primeros de abril; se exalta la llegada de la estación de la luz, de los días tibios, de la producción de la naturaleza, del encanto de las flores. En el otro extremo está la fiesta del atardecer, cuando se acortan los días y los árboles se desnudan, cuando las bocanadas de viento frío entumecen la piel y la vida se duerme bajo la capa blanca que cubre los montes. Aparece aquí la fiesta de la oscuridad de la que también han coincidido todas las culturas, y que en nuestro caso se ha representado como Halloween, Noche de Druidas, de Brujas, o como quieran llamarla y, ¡claro está!, la fiesta de los difuntos. Pero acaso la fiesta más importante es la que marca el punto exacto donde chocan frontalmente las fuerzas de la luz y de la oscuridad, cuando termina la noche y se impone la luz, cuando se da ese cambio en que las sombras dejan de crecer y por el contrario nuevamente los días empiezan, levemente, a ser cada día más soleados. En otras palabras cuando la Tierra, en su anual circuito alrededor del Sol, llega al punto extremo y viene de regreso. Para nadie es sorpresa que prácticamente todas las fiestas del Sol coinciden con el solsticio de invierno: Mitra hace cuatro mil años en Persia, dios de la luz; el dios solar Horus de los egipcios; los romanos conmemoraban la fiesta del natalicio del sol invicto (Natalis Solis Invicti) que asociaban con el nacimiento de Apolo; los escandinavos celebraban el nacimiento del dios del sol naciente, Frey; y los germanos tenían una gran fiesta conocida como Yule; hasta los nativos mexicas celebraban el nacimiento de Huitzilipochtli, dios del sol y de la guerra. Esto obedece a razones muy lógicas: con el transcurso de los años y de los siglos, y aun con la mera observación individual, se concluye que en junio oscurece bien entrada la noche y en diciembre anochece a media tarde. En otras palabras los días-luz se van acortando en julio, más en agosto, mucho más en septiembre, etc. hasta llegar a diciembre pero en enero, febrero, marzo, etc. es evidente que los días vuelven a ser más largos hasta llegar a junio y así se repite el ciclo recurrente y el perpetuo retorno de las estaciones. En algún punto el Sol deja su abatimiento y empieza a fortalecerse, todavía no reina el calor ni se alumbran los días, pero la semilla ya está germinando. Para nosotros ese día lo dedicamos al evento más importante: la venía del Mesías a esta tierra. No importa que en esa fecha celebraban los romanos las Saturnalias, o tenían sus propias festividades los griegos, o los germanos, o los celtas, o los hindúes, o los chinos, etc. Eso es casi obvio dado el transcurrir de las estaciones. ¡Qué importa que la iglesia primitiva haya absorbido o se haya influenciado de ritos paganos existentes! Tampoco es relevante si Jesús nació exactamente en ese día, o en marzo, o el diez de agosto. Lo importante es que los cristianos hayamos reservado ese día tan simbólico para representar ese avenimiento de la luz, ese triunfo de la luz sobre las tinieblas, esa semilla de esperanza eterna que empieza a germinar. ¡Feliz Navidad para todos los trabajadores de La Hora, de sus lectores y colaboradores, y en general, bendiciones para todos!