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«Ningún niño se quedó sin juguetes y todos disfrutamos hasta pasada la medianoche de la cena y de los tragos», recuerda con entusiasmo uno de los vecinos del sector. «Había whisky, ron y un montón de tragos y la gente no paraba de bailar».
La fiesta de la pasada Navidad resultó memorable para los comunitarios de Villa Nueva que asistieron invitados por sus vecinos «de dinero», a pesar de que en los años anteriores también se habían organizado múltiples actividades sociales de importante trascendencia.
No forman parte de la Comunidad Internacional o agencias de desarrollo extranjeras, tampoco son ministerios o secretarías de Estado pero cumplen con funciones de estas; los narcotraficantes con operaciones en zonas urbanas dan muestras de una solapada solidaridad con la comunidad, a través de obras sociales, proyectos de desarrollo y actividades recreativas.
Al estilo colombiano, los capos de droga de barrios como El Gallito, La Limonada, o de zonas rojas en Villa Nueva y la zona 18 capitalina dejan ver sin ninguna discreción muestras de «bondad» con la comunidad.
EN EL INVIERNO
Vecinos de un suburbio ubicado en la zona 5 capitalina dicen: «Si no fuera por los narcos, el agua ya hubiera inundado nuestras casas en los primeros días del invierno», debido a que ordenaron y financiaron la construcción de muros de contención y canales para desviar el agua pluvial que se dirige desde las colinas hacia las humildes viviendas, situadas en las orillas de un barranco.
En el Barrio El Gallito, de la zona 3, una fuente entrevistada por La Hora -que pidió no ser grabada ni citada- dice sentirse segura y tranquila al caminar durante la noche por su colonia, al tiempo que los «narcos mantienen todo tranquilo y no dejan que los mareros se metan a molestarnos».
Además, cuenta que los capos de la droga arreglaron los caminamientos y las entradas peatonales a la Colonia, instalaron postes con luz pública y ofrecieron importantes donativos para la escuela, con los que se compraron útiles escolares e implementos deportivos.
Los vecinos de barrios marginales coinciden en que los grupos del narcotráfico, que operan en sectores cercanos a sus viviendas, mantienen relaciones cordiales y caritativas con la comunidad sin un aparente interés específico, más que la convivencia cordial.
«Para el final de año (los narcotraficantes) organizan grandes fiestas. También ayudan a las familias más antiguas (del barrio) cuando hay problemas o tienen que comprar medicinas», dice un vecino del Barrio EL Gallito.
De esa forma, no es extraño ver cómo una camioneta Suburban o Blazier transporta a las personas enfermas desde los barrios más pobres de la Ccudad hacia los centros de salud cuando ocurre una emergencia. «Es parte de las cosas buenas de los narcotraficantes».
A diferencia de la percepción positiva de la mayoría de los vecinos de los narcos, un joven de la zona 3 asegura que todo tiene su precio, y que los narcos han pedido a los vecinos ser cómplices -ocultando cualquiera de sus actividades ilícitas- a cambio de su «solidaridad» y generosidad.
RESPUESTA
«Cuando se meten en problemas no dudan en pedirle a la gente que los encubra o les guarden ´paquetes´ para que la Policía no los detecte», dice la fuente de El Gallito, quien dice que una vez fue amenazado por uno de los jefes de la droga al no atender una solicitud de colaboración.
«Es en los momentos más difíciles para los narcos cuando su solidaridad se transforma en la complicidad de los vecinos, que no dudan en tenderles una mano al momento de estar en peligro», sostiene un investigador de la División de Análisis e Investigación Antinarcótica (DAIA).
Para la Policía, las relaciones de solidaridad mutua entre los narcotraficantes y los comunitarios suponen un obstáculo más, al momento de efectuar investigaciones o allanamientos para capturar a los responsables del comercio ilícito de estupefacientes.
«Este fenómeno dificulta en gran medida las operaciones antidrogas de la Policía; cuando hacemos allanamientos observamos que la gente oculta a los narcotraficantes y despista las acciones de las fuerzas de seguridad».
De acuerdo con el oficial, el fenómeno de la «narcosolidaridad» se observa en las zonas urbanas del país, específicamente en los barrios o comunidades cerradas y que mantienen fuertes nexos de comunicación entre los vecinos.
En el casco urbano de los departamentos de Izabal y Alta Verapaz la situación es similar a la de la Capital, en tanto que los narcotraficantes intentan mantener «cierta complicidad con los vecinos» como una estrategia de de defensa, que se esconde detrás de una supuesta bondad.
Diferente es la situación de la zonas rurales, donde los capos de la droga dejan de actuar cómo los benefactores de la población y asumen un papel similar al de un patrón o incluso, el de una autoridad local, dicen fuentes policiales.
MODELO SOCIAL
El sociólogo costarricense Constantino Urcuyo Fournier, en el estudio Los desafíos de la seguridad en Centroamérica, sostiene que «la urbanización creciente, los cambios demográficos y en las comunicaciones, al geopolítica del narcotráfico, han engendrado formas nuevas de delincuencia».
El académico señala que de la misma manera como los grupos del narcotráfico han evolucionado, también así debería variar las estrategias de las fuerzas de seguridad para combatirlas, de tal manera que cortar los lazos de solidaridad con la comunidad resultaría imprescindible en la lucha contra las drogas.
«Los narcotraficantes han creado un nuevo modelo social que evoca los tiempos de la Edad Media de Europa, en donde los capos juegan el papel de los señores feudales quienes tienen a su cuidado a los vasallos, que en este caso serían los comunitarios», dice un sociólogo guatemalteco entrevistado recientemente.
De acuerdo con los profesionales y académicos de la sociología, la narcosolidaridad o solidaridad de los narcotraficantes hacia las comunidades deviene de la falta de prestación de servicios y asistencia por el Estado, específicamente en las áreas donde el Gobierno no tiene dominio.
«En los lugares donde el Estado no llega a cumplir con sus obligaciones o no tiene presencia, los narcotraficantes suplen sus funciones con proyectos que benefician a las comunidades».
Sin embargo, los narcos no quieren sustituir al Estado, ya que también necesitan de él para mantener el control de los negocios ilícitos, dice el analista del Centro de Estudios de Guatemala, Sandino Asturias.
Un especialista en relaciones sociales asegura que la legitimidad que alcanzan los capos de la droga con el financiamiento de actividades sociales aleja cada vez más de la realidad la percepción de los comunitarios sobre el narco.
«Observamos que en varias colonias populares, los narcotraficantes financian a equipos de futbol y certámenes de belleza; la gente sabe de donde proviene el dinero y aun así lo acepta, ya que lo considera como un resarcimiento para la población por la ayuda que ésta debe brindar a los capos».
GOBERNABILIDAD
Según el investigador de la DAIA, la narcosolidaridad es un fenómeno que trasciende y evade con facilidad las estrategias hasta ahora implementadas por la Policía para combatir al narcotráfico.
D esa cuenta, considera que se requiere iniciar nuevos procesos para combatir las estrategias no solo internacionales, sino también comunales y regionales de los grupos criminales para extender sus dominios.
A criterio de Asturias, la solución al fenómeno se encuentra al fortalecer las instituciones de seguridad y de bienestar social del Estado, para acabar con los argumentos y estrategias de «bondad» los narcotraficantes.
«El Estado tiene que retomar los espacios que han dejado sin control y han sido ocupado los narcos durante los últimos años».
Actualmente, la narcosolidaridad se percibe como un problema de comunidades y barrios «cerrados»; al plantear a Asturias la posibilidad de que el fenómeno se expanda a nivel nacional, este señala: «es un escenario dramático pero no imposible, que ya el narcotráfico ya se extendió a instituciones nacionales como partidos políticos, equipos de futbol y empresas. Urge una reacción del Estado».
VECINO
Barrio El Gallito
SOCIí“LOGO
guatemalteco
INVESTIGADOR
División de Análisis e Investigación Antinarcótica de la Policía Nacional Civil.
Pablo Escobar, uno de los más importantes capos de la droga de Colombia fue reconocido por su labor solidaria en la provincia de Medellín, donde «construyó muchas obras benéficas para los pobres, entre ellas varias canchas de futbol y un barrio entero llamado ´Medellín sin tugurios»
El jefe del cártel de Medellín sostuvo relaciones de solidaridad en los barrios donde la organización criminal a la que perteneció mantenía operaciones, incluso mantuvo una relación importante con el pueblo cuando optó y obtuvo un cargo publico, luego de ser electo democráticamente en las urnas.
Pese a los recuerdos sobre la bondad de Escobar, los colombianos todavía tienen presente su política de «plata o plomo», en la cual dejaba ver que la solidaridad con el pueblo tenía la contrapartida de la violencia.