Era arrogante y caprichoso, aunque de lejos se adivinaba su divisa innoble más bien mustia y de veredas dispares, eso sí, de mirada inteligente, fija como sigilosa; por lo mismo bélico y decidido, capaz de morder sin miramientos la mano del apacentador distraído; por cierto, a veces mascaba flores del campo y caminaba bajo la lluvia, quién sabe si de apenado o de contento, igual volvía dispuesto a montar estratagemas de retirada y embiste de lo más geniales.
Con disciplina marcial contrarrestaba su indecisión habitual y nos conducía por instinto -hasta la victoria siempre- por entre cañonazos, trincheras y caídas. Es verdad, alguna vez cayó con la cabalgadura; entonces les explicó orgulloso a sus iguales en la cuadra: “la leyenda no va por allí, a mí no me derribaron ni mucho menos me caí, fue el desventurado animal quien se desequilibró y se derrumbó conmigo, de aquel solo es la culpa”. Con el tiempo las heridas forzaron al cese de su pasó valeroso, por lo que fue apartado del frente y devuelto a su estancia viñedo. Tres años después, ya repuesto y tranquilo, decidió morirse de muerte natural; porque a los grandes nadie los mata, son ellos los que deciden cuando morirse. Así, en el primer verano de la paz, más alegre que triste y comiendo de sus flores favoritas, murió Napoleón, nuestro caballo de guerra más inmortal. Marengo.