Nadie puede objetar que el problema actual de Guatemala se viene cocinando desde hace muchos años y que se incubó en medio de la indiferencia de grandes sectores de la población que decidieron voltear los ojos a otro lado pensando que mientras los problemas no les afectaran de manera directa podrían vivir «tranquilos». Muchas veces hemos debatido sobre esa actitud colectiva que he llamado sangre de horchata y que otros ven como una conducta ancestral de nuestro pueblo, sumiso por naturaleza, dicen algunos.
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Yo creo que la indiferencia se acentuó en los años del conflicto armado interno y llegó a adquirir proporciones de tara cultural cuando los padres de familia, preocupados por la seguridad de sus hijos, nos repetían que no había que meterse a babosadas, que cada quien se dedicara a estudiar, a trabajar, a sacar su propia tarea sin inmiscuirse en problemas ajenos que traerían complicaciones. Aquello de que no había que meterse a redentor porque saldría uno crucificado llegó a ser letanía, tanto así que perdimos la capacidad de ser solidarios.
Yo recuerdo a muchos amigos que tras el terremoto de 1976 se involucraron decididamente en la ayuda de quienes sufrieron más y terminaron siendo dirigentes de asentamientos, muy comprometidos con las demandas sociales exacerbadas por la situación generada por la tragedia natural. Muchos de ellos murieron asesinados como resultado de su compromiso social y aquella extraordinaria jornada de solidaridad nacional que fue la reconstrucción tras el terremoto fue la última que vivió nuestro país porque las fuerzas represivas hicieron ver que quien se metía a abogar por los más necesitados era inmediatamente calificado de subversivo o comunista.
La terrible inseguridad que campea en el país ha sido un elemento crucial para hacer del guatemalteco indiferente a los problemas sociales y políticos porque nadie se quiere arriesgar, con razón, tomando acciones para denunciar la impunidad que es causa de esa violencia tan institucionalizada. Los jóvenes crearon una especie de coraza aislándose de la realidad nacional y encontraron en la tecnología actual un nuevo mundo, una nueva forma de expresión y de convivir, que les mantenía relativamente al margen de los riesgos cotidianos de la población. Cierto es que mientras más acomodada la posición económica, menor el nivel de compromiso porque hasta en materia de seguridad es obvio que hay unos que están mejor que otros.
El caso Rosenberg es visto por algunos como efecto de una conspiración y por otros como signo del deterioro nacional. Lo cierto del caso es que esa muerte sacó de su letargo a muchos que no se habían conmovido con el reguero de sangre que ha ofrecido Guatemala en los últimos años y los hizo participar, acabando con la indiferencia. En ese despertar al civismo es natural que no abunden las ideas claras, los planteamientos concretos, pero lo fundamental es que se ha superado uno de los vicios más nocivos de nuestra sociedad y jóvenes que hasta hace unos días se encerraban en su estrecho mundo, ahora entienden que es insoportable vivir con tanta violencia y que la impunidad es su causa.