Nacionalismos ilegí­timos


En una ilegí­tima elección, la bandera de Guatemala fue escogida como la tercera más bella del mundo; pero, ¿qué tan cierto es esto?

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Digo ilegí­tima elección, porque el sitio de Internet que lo organizó, 20 Minutos, acepta que cualquier persona proponga una lista para que votantes escojan. Entre las listas que actualmente están, se puede votar por la cantante más sexy o la mejor caricatura japonesa; de ese calibre es la legitimidad de la elección de la bandera más bonita del mundo.

Desde hace algunos años, sobre todo con la introducción de la Internet, este tipo de elecciones se han dado, sin que representen la verdad. Por ejemplo, el año pasado se eligió a las llamadas «Siete Nuevas Maravillas», en donde prevaleció el voto en masa y no el de calidad. Más que una opinión sincera, prevalecen los nacionalismos, y, por supuesto, paí­ses como México, Perú, China o Brasil, por su populosidad, llevan siempre la de ganar.

De hecho, en la elección de la bandera más bonita, la ganadora fue la de México, que gozan de un voto rí­gido nacionalista y en masa.

Serí­a interesante poner el ojo con lupa sobre estas elecciones, ya que no puede ser que una buena idea de los griegos, al elegir a las Siete Maravillas como destino turí­stico, se convierta en una elección arbitraria. Nada me impide a mí­, y a muchos otros, preferir al Partenón o La Alhambra, al Cristo Redentor de Rí­o.

Y es que todas estas elecciones no se basan en la calidad que se tenga, sino en la popularidad de un voto ingenuo y sin criterio. Así­, se eligió a la bandera de México y de Guatemala, entre las más bonitas del mundo, y no se aprecia el espí­ritu estético de la de Arabia Saudita, Bután o Nepal; prevalece el nacionalismo.

Caemos en los juegos nacionalistas: la bandera de Guatemala, el Lago de Atitlán y Carlos Peña, son, a la larga, productos mercadológicos. Por ejemplo, en el caso de la bandera, nos olvidamos que ésta es un producto impositivo de la oligarquí­a cafetalera, con un escudo sin sí­mbolos que nos identifiquen. ¿Será que los rifles Remington defendieron nuestros intereses ante la firma del TLC? ¿Será que las espadas protegieron el honor de los muertos en el basurero o en la planta de gas, hace algunas semanas? ¿Será que el laurel no se ha marchitado ante el desví­o millonario de los diputados?

Y mientras nos volcamos a votar por el Lago de Atitlán o seguimos con atención la elección de los alumnos guatemaltecos para la Academia de TV Azteca, olvidamos lo mejor de nosotros, y frente a nuestras narices quieren concesionar el estadio nacional y desean cambiarle su nombre, para quitarle el de Mateo Flores, una de nuestras verdaderas glorias del deporte nacional.