El miércoles 2 de diciembre de 2009, se realizó en el claustro de la Iglesia de la Merced de la Ciudad de Guatemala, el concierto titulado «Il Spiritillo Brando», con la participación de los músicos italianos Ubaldo Rosso en la flauta y Maurizio Piantelli en el laúd. El recital se efectuó en el patio del actual Museo de la Merced. Ubicados los ejecutantes en el arco sur, entregaron al público espectador una encantadora sesión de «música antigua» que trasladó en el tiempo a cada uno de los asistentes. Del pasado al presente las cuerdas del laúd y el viento musical de la flauta se entremezclaron entre la antigua arquitectura del convento y el ambiente moderno que impera en la ciudad, con el fragor de los aviones y el sonar de las sirenas policiales, todo conjuntamente rodeado por una luna llena de color zamac. Empero, viviendo en la actualidad lo que pudo suceder alguna vez en el convento sacrosanto, se sintió desde el inicio del concierto el silencio y la quietud, y se hizo plausible en ese instante la intervención de los músicos, con maravillosas piezas musicales de autores como Giulio Caccini, quien nació en Tívoli y murió en la ciudad de Florencia en 1618; Pietro Locatelli quien murió en ímsterdam en 1764; Andrés Falconieri, compositor italiano que nació en Nápoles en la segunda mitad del siglo XVI, quien con la pieza titulada «La Suave melodía» me hizo recordar los versos de Rubén Darío que dicen: «Tiemblan los lirios tempranos/ y los árboles lozanos/ al contacto de esas manos./ El bosque se encuentra estrecho/ al egipán en acecho/ cuando respira ese pecho.» Y estos otros: «Y fueron castos por dolor y fe,/ y fueron pobres por la santidad,/ y fueron obedientes por que fue/ su reina de pies blancos la humildad.» Y con la sonata de Tomaso Albinoni es inevitable pensar en Santa Teresa de Jesús: «Vivo sin vivir en mí,/ y de tal manera espero,/ que muero porque no muero.» La música de este impertérrito dueto es como el galeón de nuestro tiempo, traduce el eco del silencio de los cartujos de antaño en la ermitaña voz que emana del laúd y de la flauta intemporalmente, como lo dejó escrito Duke Ellington en la siguiente sentencia: «La música es tan antigua como moderna». Nutren los músicos el alma, invaden de melancolía el espíritu y lucen sus encantos, seduciendo el sacro minuto en un crepúsculo pagano. El laúd es de origen egipcio, cuenta la leyenda que la diosa del cielo y del sol, llamada Mut, para mantener su liderazgo con el pueblo de Karnak, pues ella era la Gobernadora junto con su esposo Amón-Ra, hacía brotar mágicamente de las aguas del río Nilo, beldades que ejecutaban el adormecedor laúd. La flauta también tiene su respectiva leyenda en la mitología griega: el dios Pan es la deidad de la fertilidad y el pastoreo, hijo de Dríope y Hermes, era morador de los bosques. Enamorado de la ninfa Siringa, la perseguía sin piedad sin importarle los sentimientos de esta. Siringa logró transmutarse en junco de río y el dios Pan conmovido por lo sucedido, decidió convertirla en una dulce flauta. Este acertado concierto se hizo realidad gracias al patrocinio de la Embajada de Italia, el Instituto Italiano de Cultura -que dirige la doctora Erica Berra-, la Asociación de Amigos de la Merced y la Dirección del Centro Histórico de la Municipalidad de Guatemala. La interpretación de Ubaldo Rosso y de Maurizio Piantelli me inspiraron la siguiente poesía: «Entretejidas de arena y agua/ amanecen las horas/ sagradas y profanas/ en bordada trama/ de segundos paralelos/ tiempo discordante/ enredadera hierática/ consagrada de magnolias./ Lujuria/ del día consagrado/ magnolias disolutas/ sacrosantas/ corona/ de sacrílega existencia.»