No voy a abundar en detalles en torno al asunto que abordo, pero antes de compartir con mis contados lectores algunos aspectos referentes al tema, desde mi personal y subjetiva perspectiva creo que el médico Francisco Arredondo renunció al cargo de Ministro de Salud Pública porque no pudo lidiar con la corrupción que se ha profundizado y extendido en esa Cartera ministerial, al margen de que presumo que no contó con plena libertad para designar a sus colaboradores más cercanos, sino que prevaleció la línea partidaria que implica cumplir con determinados compromisos adquiridos durante la previa campaña electoral.
Una noche de principios de noviembre, casualmente me encontré en una reunión privada con un viejo amigo con el que no nos habíamos relacionado durante algún tiempo, porque en la vida tomamos diferentes rumbos y cada quien satisfacemos las necesidades familiares en nuestras respectivas actividades.
El caso es que, ante una pregunta que confianzudamente le lancé, me confió que laboraba en el Ministerio de Salud Pública cumpliendo o intentado desempeñar con responsabilidad las tareas de su puesto de trabajo, porque era una labor muy difícil, no por los deberes que debía atender, sino por la actitud del titular de la Cartera, el médico Ludwin Ovalle, quien estaba más interesado en quedar bien con la señora Sandra Torres, ex primera dama, y su proyecto político, que en intentar superar las dificultades que se presentaban en el Ministerio, sobre todo en lo que atañía a los graves problemas relativos a la abierta corrupción, ya sea porque para él no era un asunto de prioridad, o porque supuestamente estaría embarrado en negocios oscuros, lo que yo no estoy en condiciones de asegurar, menos de probarlo con evidencias.
Conforme avanzada la conversación, mi amigo, a quien llamaré Gerardo, fue ahondando en sus revelaciones, a la vez que yo me asombraba hasta qué punto la ola de corrupción había arrasado con casi todas las dependencias del Ministerio y empapado con sus aguas a indeterminado número de funcionarios y empleados de diferentes escalas burocráticas y hasta instituciones ajenas a esa Cartera, pero que perciben ciertas sumas de dinero en forma de subvención porque se dedican a cubrir áreas atinentes a la salud de sectores que no están bajo el amparo directo del citado Ministerio.
En un momento dado le comenté:-¿No creés que toda esta información confidencial que me estás revelando podría ser de utilidad para el nuevo Ministro? De inmediato repuso: -¡Por supuesto que sí!, pero ni siquiera lo conozco personalmente, además de qué pensaría que mi propósito no tendría buenas intenciones sino que yo estaría buscando congraciarme con él, para acomodarme en el chance, y no soy afiliado al Partido Patriota ni a ningún otro.
Le comenté que como yo tenía alguna relación de distante amistad con el médico Arredondo y especulando que la información de Gerardo le podría ser de mucha utilidad, especialmente por la inexperiencia del radiólogo en el manejo de un área tan importante en la administración pública, como lo es el Ministerio de Salud, y pensando en el bienestar colectivo, yo podría ponerlo en contacto con ese personaje si mi confidente estaba anuente a sostener una conversación con el entonces futuro Ministro.
El caso es que como yo tenía que viajar a España le propuse a Gerardo que a mi retorno me comunicaría con el radiólogo y empresario para concertar una cita entre ambos. Así ocurrió. Gerardo me contó posteriormente el encuentro de más de dos horas y media que Arredondo estaba más que anonadado ante la magnitud de los problemas que debería enfrentar, pero que estaba dispuesto a encararlos con el apoyo de un grupo de asesores suyos. Al parecer, no pudo derribar el muro de corrupción y para no quedar atrapado optó por renunciar.
(En un hospital público el médico que atiende a la mujer de Romualdo Tishudo le pregunta: -¿Qué opina del papanicolau? Ella responde: -A mí me caía mejor Juan Pablo II).