Desde muy joven admiré la gesta de los cadetes del 2 de Agosto de 1954 que se rebelaron contra el Ejército de Liberación y lo atacaron en los campos donde se terminaba la construcción del Hospital Roosevelt. En 1966, durante la campaña presidencial de Julio César Méndez Montenegro y de mi abuelo, conocí y traté a varios de los cadetes de esa heroica acción que ayudaron al Partido Revolucionario, especialmente en el tema de seguridad de los candidatos, iniciando con ellos una muy fuerte amistad que perdura.
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La Hora se caracterizó siempre por darle a la Asociación 2 de Agosto el espacio para publicar anualmente sus manifiestos recordando lo ocurrido en esa fecha y el triste destino que le tocó a casi todos los miembros de la compañía de Caballeros Cadetes que fueron luego vilipendiados como comunistas, porque el mismo Ejército no quería reconocer que esa muchachada sacó la cara por la institución cuyos jefes pactaron con la Liberación. Aquí en La Hora escribió durante muchos años su columna Carlos Enrique Wer García, autor del libro «Los héroes tenían 15 años» cuya primera edición fue un obsequio que hicimos mi padre y yo al imprimirla en nuestros talleres tipográficos con el ánimo de que no sólo se conociera la historia, sino de dejar clara constancia de qué ocurrió en esa gesta que fue objeto de tanta mentira. Mi amistad con Quique fue muy fuerte y si bien tuvimos muchas veces nuestros naturales encontrones y una que otra diferencia, coincidíamos plenamente en el deseo de construir una Guatemala diferente, en la que prevaleciera por sobre todas las cosas la justicia en su más amplio sentido y donde todos los habitantes del país tuvieran oportunidad de alcanzar su plena realización como seres humanos. Su caso fue muy especial dentro de los cadetes de 1954 porque por el parentesco con Rogelio Cruz Wer, el militar acusado de terribles actos de represión por los liberacionistas, era también sindicado de haber sido el instrumento de los «comunistas» para provocar el alzamiento de los cadetes contra las huestes de Castillo Armas y de esa cuenta pesó sobre él toda su vida un poderoso estigma que le acompañó hasta el final de su existencia. Esta mañana una sobrina de Quique, Karen Glendon, hija de Roberto Wer, me envió desde New Jersey un correo para darme la infausta noticia, pero advirtiendo que no tenía mayores detalles. Les hablé por teléfono y me indicó que Bobby estaba muy preocupado por Lupita, la esposa de Quique. Ante la imposibilidad de obtener detalles, le escribí un correo a mi gran amigo, Rolando Barroso, quien estuvo en Guatemala como agregado de Prensa en la Embajada de Cuba y de inmediato Rolando me contestó que desafortunadamente era cierta la noticia. Me comenta que sabe que Quique estaba en provincia y que sufrió una caída por lo que fue trasladado a un hospital pero cuando llegó estaba muerto. Su cuerpo está siendo trasladado a La Habana y su esposa está por llegar a ese país. La última vez que hablamos nuevamente el tema de Nuestro Diario ocupó nuestra atención por la infame campaña que en su contra desató un grupo que le hizo la vida imposible durante el último año, hasta haber logrado una expulsión de la APG, de la que era el Presidente legalmente electo, no obstante los amparos que había ganado Wer en defensa de los derechos. Valiente y decidido, al mismo tiempo que convencido de sus ideas, Quique se enfrentó a muchos poderes y llevó una vida dura. Hoy descansa en paz quien fuera el principal relator de la gesta de los cadetes del 2 de Agosto.