La mayoría de los profesionales guatemaltecos conocemos la extraordinaria obra histórica de Severo Martínez, «La Patria del Criollo», que debiese ser lectura obligatoria para todo ciudadano. En esta obra se describe con precisión la mentalidad de los criollos, los hijos e hijas de españoles nacidos en Guatemala, que resentían la discriminación que sufrían frente a los peninsulares, nacidos en España, a la vez que despreciaban a sus hijos de madres indígenas, los ladinos, y establecían la permanente discriminación hacia la población indígena del país. La mentalidad criolla creó un verdadero apartheid de hecho, los pueblos de indios, y pretendió que este país, despojado a sangre y fuego de sus habitantes originales, les sirviera de fuente eterna de poder y riqueza.
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Los criollos valoraban en extremo a los «conquistadores», de quienes se decían descender, particularmente a Pedro de Alvarado y sus capitanes. Es justamente la imagen de Alvarado, que se yergue, con preeminencia, en un salón de la municipalidad capitalina, la que lleva a asociar a Arzú con dicha efigie. Sin embargo, son sus acciones, más que la imagen, las que lo tipifican como uno de los criollos, que se consideran los dueños de Guatemala. Sus acciones políticas siempre han correspondido al concepto de «manejo de la finca», es decir, se han caracterizado por el autoritarismo en las decisiones y la administración, no de una nación, sino de «una propiedad». Así firmó los Acuerdos de Paz y así los malbarató, al permitir que los intereses de los sectores neoliberales cercanos a su persona prevalecieran por encima de los intereses de la población, en general, y se dejaran de cumplir compromisos fundamentales establecidos en dichos Acuerdos.
De igual manera respondió con otras decisiones importantes. Cuando en 1998 el huracán Mitch azotó Centroamérica, tanto Honduras como Nicaragua solicitaron al Gobierno de Estados Unidos la concesión del estatus de protección temporal (TPS) para sus ciudadanos en situación irregular en ese país y lo obtuvieron. Arzú se dio el lujo de asegurar que Guatemala se recuperaría por sí misma y se negó a solicitar el TPS para los guatemaltecos. No consultó esta decisión ni con la sociedad civil ni mucho menos con los migrantes; sencillamente no quería deber nada a Clinton.
Al salir de la Presidencia, castigado su partido con el voto de 1999, se hizo la ilusión de que el último reducto de los criollos sería la municipalidad capitalina. Como verdadero sueño de noche de verano, se imaginó seguir con su «tacita de plata» en las zonas adineradas, mientras los grandes problemas de la ciudad más grande de Centroamérica -basura, agua, aguas servidas, transporte, aeropuerto enmedio de la ciudad, abundantes problemas sociales- siguen recibiendo «curitas» y no la necesaria cirugía. En este pequeño mundo que ha querido hacer «suyo», la capital, sigue tomando «sus» decisiones, sin importar lo que otras personas piensen. Solamente en la mente de un criollo cabía pensar que, sin dar cuentas a nadie, podía pretender legitimar el golpe de Estado en Honduras y nombrar una obra pública con el nombre de un derrocado dictador. Confío en que en 2011 los capitalinos haremos despertar a este alcalde de su ya muy prolongado sueño.