Multitudes con hambre y con sed


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Fedor Dostoyevsky dijo una vez que si no estuviera la parábola del Hijo Pródigo los evangelios estarí­an incompletos; parafraseándolo agregarí­a que sin el evangelio del juicio final (que en el último domingo ordinario incluye la liturgia católica) también estarí­an incompletos. Ese pasaje del Evangelio me llama mucho la atención como jurista, como juez que he sido. Imaginar la figura imponente del juzgador supremo emergiendo en medio de las nubes.

Luis Fernández Molina

 


Recrear en la mente a ese Jesús que Miguel íngel plasma en el fresco –del llamado igualmente “Juicio Final”– en la Capilla Sixtina (invito a que lo vean en la red), un Jesús vigoroso, severo, casi enojado, muy distinto de la figura condescendiente y compasiva a que estamos acostumbrados; un Jesús que, al final de los tiempos, se ha de mostrar como un juez que debe dictar la sentencia inapelable y final, en la que premia y que también castiga. Todo ello invita a la reflexión para la que ahora reclamo un pequeño espacio. Por eso quiero hacer una pausa, salirme de ese bullicio mundano y temporal, que se agita por los naturales eventos de fin de año amén del cambio de gobierno. Apartarme por un momento de ese carnaval de luces fatuas, escaparme de los escenarios de oropel, huir de las luces y ruidos que aparecen por un segundo y luego se apagan en la inmensidad de la noche. ¡Vanidad de vanidades! Quiero aprovechar que estamos en este mes de diciembre, tan simbólico, cuyo principal mensaje es, precisamente, la venida de ese Mensajero del cielo. Un mensaje que se disimula entre las viandas y los tragos de los convivios, que se disfraza de los coloridos papeles de los regalos, pero que en el fondo está allí­. Bien por los tibios sentimientos que en esta época se acurrucan en los pesebres navideños, pero esa prodigiosa venida de Cristo va más allá de esas cariñosas emociones, pues solo recuerdan la tierna infancia de Aquél que al final de los tiempos habrí­a de ser el Supremo Juez. Regresando al evangelio, es importante resaltar que las palabras son dichas por el propio Jesús, y que son descripciones reales de un hecho futuro, no son parábolas en el sentido de algo imaginario, sino el relato de un hecho cierto que habrá de venir. Ese juicio universal encierra  un concepto que no se concibe en nuestras limitadas perspectivas fí­sicas y temporales; imposible vislumbrar ese escenario incognoscible donde el Divino Juez convocará a todas las naciones y separará a los justos de los malvados, unos a su derecha y otros a su izquierda. El “Código” legal que habrá de aplicar el Juez es simple: la caridad, el amor. A los benditos dirá: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, tuve frí­o y me cobijaron” y así­ podemos extendernos: tuve desconsuelo, tuve angustia, tuve necesidad y me asistieron, etcétera; o sea que el “dar de comer” simboliza ese hambre de amor, comprensión, apoyo, justicia, solidaridad que todos necesitamos. Los otros, los malos, que me ignoraron, no me dieron de comer, ni de beber, ni me asistieron. Vale la pena destacar que el Divino Juez no va a premiar porque fueron al templo, o a misa, o porque ayunaran constantemente, o porque hicieran vigilia, o porque cargaran en procesiones, o porque daban dinero en obras benéficas, o porque rezaran mucho, o porque no cometí­an pecados. Todo eso está bien, por favor que no se me mal entienda. Son buenas prácticas de piedad pero no son suficientes y menos si no existe congruencia de esas prácticas con una entrega de caridad. No son esos los méritos que el Juez va a tomar como principales para dictar su sentencia. La sempiterna pregunta es la misma que tanto los justos como los malvados habrán de formular: ¿Cuándo te vimos Señor y te dimos (o no te dimos) de comer, o de beber? Y la respuesta es tan sencilla y está a la vista todos los dí­as en nuestra Guatemala. Los dos mensajes son cristalinamente claros: por una parte el amor al prójimo, especialmente al necesitado, y el segundo mensaje consiste en descubrir a Cristo en cada persona. Al final cabe responder a la pregunta que Jesús hace: “¿Por qué me dicen Señor, Señor, y no hacen lo que yo les digo?