Multiplicación de los ciclones


Saber si el actual calentamiento climático conlleva o no una mayor frecuencia de los ciclones es tema de vivo debate en medios cientí­ficos.

Saber si el actual calentamiento climático conlleva o no una mayor frecuencia de los ciclones es tema de vivo debate en medios cientí­ficos, que apenas empiezan a entender la génesis de estos fenómenos que asolan con regularidad las zonas tropicales.


Entre 1971 y 1994 uno o dos ciclones importantes se registraban cada año en el Atlántico norte. De 1995 a 2005, se ha pasado de los cuatro. 2005 batió todos los récords, con 15 ciclones repertoriados, entre ellos «Katrina» (1.500 muertos en Estados Unidos) y «Stan» (2 mil muertos en Guatemala).

«Un ciclón es una máquina térmica que bombea calor en el océano y lo redistribuye en la atmósfera. Ahora bien, establecer una relación directa entre calentamiento y aumento del número de ciclones es muy simplista», afirma Franck Roux, del Laboratorio de Aerologí­a de Toulouse (Francia).

Los cientí­ficos que defienden esta tesis se basan en los datos relativos al Atlántico, pero esta región sólo contribuye con un 15% del total de ciclones. En el Pací­fico, la región más afectada, la frecuencia de los ciclones está bajando, señala Roux.

Los cientí­ficos explican que el calentamiento provoca también un incremento de los cizallamientos verticales de la atmósfera. Como soplan en direcciones diferentes a altitudes diferentes, estos vientos pueden desmenuzar las jóvenes tempestades antes de que adquieran envergadura.

Para James Elsner (Florida State University), que se expresa en el último número de la revista Nature, «el cizallamiento vertical es más importante que la temperatura de los océanos en la modulación de la actividad de los ciclones».

Al estudiar el crecimiento de los corales, el equipo de Johan Nyberg (Geological Survey of Sweden) ha podido reconstituir la actividad ciclónica de los últimos 270 años, y ha deducido que el perí­odo actual podrí­a marcar un retorno a la normalidad, después de la excepcional calma de los años 60 a 90.

Otro estudio de paleoclimatologí­a, de Jeffrey Donnelly (Woods Hole Oceanographic Institution), pone de manifiesto que la actividad ciclónica era intensa hace dos siglos, durante la «pequeña edad de hielo». Ahora bien, las aguas oceánicas eran entonces dos grados más frí­as que ahora.

Para Donnelly, la correlación es «llamativa», por el contrario, entre las fases de actividad ciclónica sostenida y la aparición de El Niño, calentamiento cí­clico de las aguas del Pací­fico central y oriental que perturba los intercambios de calor y humedad entre el océano y la atmósfera.

Al intensificar los cizallamientos de vientos, El Niño mata los ciclones en el embrión. En 2006 se registraron cinco huracanes en esa región y este año se espera que el fenómeno entre en su fase de enfriamiento, cuando se le conoce como «La Niña» y anula la formación de esos vientos, creando un ambiente propicio para que se formen los ciclones.

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica estadounidense (NOAA) predijo la formación de 13 a 17 tormentas con nombres en 2007, de las que de 7 a 10 podrí­an llegar a huracanes y entre tres y cinco de ellos podrí­an adquirir la categorí­a 3 ó más en la escala Saffir-Simpson, con un máximo de 5.

Una relación manifiesta existe también entre la intensidad del monzón que riega el ífrica subsahariana y la génesis de los ciclones del Atlántico. Ahora bien, estos dos fenómenos aún se siguen entendiendo muy mal hoy en dí­a.

Los ciclones también tienen un papel importante, hasta ahora subestimado, en la redistribución del calor atmosférico hacia las frí­as profundidades de los océanos. Podrí­an reciclar así­ un 15% de la energí­a atmosférica, apuntan Matthew Huber y Ryan Sriver (Universidad Purdue).

Los vientos del ciclón, potentes y circulares, funcionan efectivamente como las cuchillas de una batidora, arrastrando las aguas de la superficie hacia el fondo del océano. «La mezcla de las aguas provocada por los ciclones podrí­a contribuir a estabilizar las temperaturas tropicales», afirman los dos cientí­ficos.