Los resultados electorales obtenidos por las mujeres en las diputaciones y alcaldías, no dejan lugar para el optimismo; el perfil de género del Congreso seguirá siendo masculino, y las mujeres indígenas, con apenas tres congresistas, continuarán siendo una minoría en el ámbito de la política. Este es un signo negativo para la democracia que se intenta construir en un país marcado por la exclusión.
Estos números contrastan con el esfuerzo realizado, sobre todo por organizaciones sociales, a nivel nacional y local, para promover la participación política de las mujeres. Un balance de las acciones realizadas, en los últimos tres lustros, como las escuelas de liderazgo, talleres, campañas para documentar a las mujeres, difusión de sus derechos, construcción de propuestas y llamados al voto, deja interrogantes sobre las que vale la pena reflexionar. ¿Será que la política no es de interés para las mujeres? ¿Es la forma tradicional de hacer política lo que las disuade de involucrarse plenamente? o como aseguran voces más críticas ¿El modelo de la democracia formal ya se agotó?
A pesar de que se celebró, como un avance, el dato de un padrón electoral conformado por un 51% de mujeres, esto no se reflejó en un avance sustantivo en los niveles de representación femenina, de manera que la agenda política y social de mujeres rurales y urbanas, indígenas, jóvenes y trabajadoras, por mencionar algunas actoras importantes, podría quedar relegada al no contar con suficientes interlocutoras comprometidas con esas reivindicaciones en el ámbito legislativo, o en el espacio municipal.
Llama la atención, aunque no extraña, que reclamos tan actuales como la erradicación de la violencia, la defensa del territorio y del medio ambiente, la educación para las niñas, la promoción de la creatividad, el arte y la expresión, la atención de la salud sexual y reproductiva, el acceso y la propiedad de la tierra, el resarcimiento y la memoria histórica, los derechos de las migrantes o el trabajo digno para las mujeres, no figuren explícitamente en los planes de gobierno o en las promesas de las campañas políticas.
Esta ausencia de las mujeres en las cifras y en los discursos políticos, es un indicador de que la clase política aún no las visualiza como ciudadanas. Pero como contrapunto, debe mencionarse que del lado de las ciudadanas, tampoco se ha logrado articular la exigencia de una política con otros contenidos y formas. El voto mayoritario para figuras que sustentan discursos que apelan a la fuerza, así lo confirman.
Estamos a las puertas de una segunda vuelta en el proceso electoral. Por primera vez, una mujer ocupará la vicepresidencia del país. Las candidatas no pueden ser más contrastantes, tanto en sus trayectorias académicas y sus carreras políticas, como en sus discursos y en la imagen que proyectan: una se reivindica como una política forjada en su partido, la otra como feminista; pero ambas tienen el reto de marcar un hito en la historia política de una sociedad caracterizada por la intolerancia y el autoritarismo que constituyen la norma, y no la excepción, en el ámbito de la política.