El martes cuatro de noviembre, el salón Las Naciones del Hotel Marriot fue el punto oficial de reunión de personas de nacionalidad de Estados Unidos, residentes en Guatemala. Gracias al sistema de voto en ausencia y de voto anticipado, estos residentes ejercieron su derecho de elegir desde el exterior en la histórica elección que se realizó en esa fecha para elegir presidente, senadores y diputados en ese país.
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Personas que estuvieron presentes me compartían que la mayoría de los ahí reunidos, sin duda alguna, eran de tendencia republicana y por consiguiente su voto había sido emitido a favor del candidato presidencial de ese partido, el senador John McCain.
Durante el transcurso de la reunión también estuvieron presentes conocidos miembros de la cúpula económica de Guatemala: Dionisio Gutiérrez, directivos del CACIF, de la Cámara de Industria, de la Cámara del Agro, etc., etc. No faltaron algunos políticos, predominando la presencia del Partido Patriota, encabezados por su secretario general, Otto Pérez Molina, la jefa de bancada, Roxana Baldetti, Gudy Rivera y la «versátil», Anabella de León. También estaban otros políticos de menor cuantía. Todos estos guatemaltecos, por supuesto, no desean perder el apoyo que han tenido y por ello su presencia.
A medida que transcurría la elección, dicen varios de los presentes que, Stephen McFarland no podía ocultar su sufrimiento y su frustración al evidenciarse la elección del candidato demócrata, Barack Obama. Cuando ya fue oficial el triunfo, después del excelente discurso, lleno de sabiduría, caballerosidad e hidalguía que pronunciara el candidato perdedor del Partido Republicano, senador John McCain, al embajador McFarland no le quedó otra alternativa más que decir, en otros términos, ¡muerto el rey, viva el rey!
No es un secreto porque de conformidad con las leyes norteamericanas, las personas y profesionales que efectúan actividades de lobismo tienen la obligación legal de registrarse como agentes de un país o de un grupo de extranjeros, que durante los últimos 30 años, diferentes grupos de poder guatemaltecos han contratado lobistas para lograr beneficios en los Estados Unidos. Ahora, con mayor necesidad, con mayor urgencia, ante la partida de la familia Bush y ante el hecho que el Partido Republicano dejará de ser quien predomine en el Legislativo, Senado y Congreso, los miembros de la familia Gutiérrez, Bosch y otros tendrán que gastar el doble en contratar lobistas para poder mantener alguna influencia y seguramente dirán «muertos» los republicanos, vivan los demócratas. Al fin y al cabo, ellos son del grupo de personas que siempre han dicho que el dinero no tiene pasaporte y por consiguiente no tiene nacionalidad.
A diferencia de América Latina y de Guatemala en particular, el Departamento de Estado tiene una muy pequeña cuota de embajadores políticos y probablemente por ello, el embajador Stephen McFarland podrá terminar esta última etapa de su trabajo como embajador en Guatemala, salvo que por su temperamento, de la misma manera que no pudo ocultar su frustración en un acto como el acontecido en el Marriot, decida presentar su renuncia al nuevo gobierno por no ser los demócratas y el Presidente electo, Barack Obama de su agrado. En todo caso, lo que sí es seguro es que la mayor parte de la cúpula económica, el embajador McFarland y varios de nuestros políticos locales saben que llegó un cambio significativo en los Estados Unidos y de nuevo serán los seres humanos mucho más importantes que el dinero.