Hace varios años apareció frente a nuestras instalaciones Mario Monterroso, un indigente que se dedicaba a cuidar carros y como muchos de los que se dedican a tal actividad, literalmente se adueñó de los estacionamientos que él distribuía entre sus clientes, lo que al principio generó varios problemas con personal del diario, pero poco a poco se fue estableciendo un acuerdo de mutuo respeto que funcionó de maravilla porque él se ganaba el sustento y efectivamente cuidaba los autos en un sector donde abundan los cristaleros.
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El problema era que El Colocho, como le decíamos todos en el sector, tenía serios problemas con el alcohol y durante largos períodos apenas si lograba trabajar las primeras horas del día porque antes de que llegara la tarde ya se encontraba en mal estado. Muchos esfuerzos hicimos por ayudarlo a dejar el licor y posiblemente el más fructífero fue el que le llevó a un sanatorio de caridad donde fue atendido bondadosamente gracias al aporte que sus amigos de La Hora hicieron para contribuir al pago de los gastos generados por su hospitalización y cuidado.
Los últimos meses Mario los pasó sin beber, en realidad bien portado y mejorando mucho físicamente, pero hoy hace una semana lo vi en mal estado cuando llegué a la oficina y me pidió permiso para usar el teléfono para llamar al sanatorio porque había vuelto a beber. Voluntariamente se refugió en busca de atención para superar su, como él decía, sed de guaro y todos confiamos en que su decisión le ayudaría.
Pero ayer nos avisaron que había muerto en el sanatorio, posiblemente como efecto del daño que le causó el ritmo de vida impuesto por su adicción al licor. En alguna ocasión me contó que él había sido un hombre de familia, casado y con hijos, y que había estudiado en su juventud en un conocido colegio de la zona 1; que tuvo buenos trabajos y que desafortunadamente el vicio le hizo perder todo lo que tenía. Platicando con él uno se daba cuenta que era una persona ilustrada, con buena formación, pero sin ninguna capacidad para controlar su adicción y cuando le decíamos que se metiera a los Alcohólicos Anónimos o que buscara otro tipo de ayuda para dejar de tomar, siempre respondía que era inútil, que no había forma de hacerlo y que si hasta había perdido a su familia y se había quedado literalmente en la calle por el trago cuando aún tenía fuerzas, cuánto más difícil le hubiera sido hacer algo en su condición de terrible indigencia.
Ayer, cuando de La Hora me llamaron para decirme que del sanatorio habían avisado que se había muerto, me sentí muy triste porque en verdad era un buen amigo, con quien conversé varias veces sobre las condiciones que le habían llevado a dejarlo todo y a quien traté de ayudar intensamente para que mejorara. Su caso me sirvió para ver que hay condiciones en las que realmente es poco lo que se puede hacer para ayudar a alguien porque literalmente no desean dejarse ayudar y pareciera como si en el fondo su intención era desaparecer, ponerle fin a una vida que terminaba siendo un verdadero martirio. Una vida en la que el único objetivo era juntar los centavos suficientes para comprar el trago del día sin ninguna ilusión, nada que le inspirara para emprender una nueva ruta. Hoy, al despedirlo en su viaje final, creo que Mario al fin logró su objetivo porque una vez me dijo que la única forma en que dejaría de tomar sería al morir.