Muerte en el más completo abandono


Hace varios años apareció frente a nuestras instalaciones Mario Monterroso, un indigente que se dedicaba a cuidar carros y como muchos de los que se dedican a tal actividad, literalmente se adueñó de los estacionamientos que él distribuí­a entre sus clientes, lo que al principio generó varios problemas con personal del diario, pero poco a poco se fue estableciendo un acuerdo de mutuo respeto que funcionó de maravilla porque él se ganaba el sustento y efectivamente cuidaba los autos en un sector donde abundan los cristaleros.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

El problema era que El Colocho, como le decí­amos todos en el sector, tení­a serios problemas con el alcohol y durante largos perí­odos apenas si lograba trabajar las primeras horas del dí­a porque antes de que llegara la tarde ya se encontraba en mal estado. Muchos esfuerzos hicimos por ayudarlo a dejar el licor y posiblemente el más fructí­fero fue el que le llevó a un sanatorio de caridad donde fue atendido bondadosamente gracias al aporte que sus amigos de La Hora hicieron para contribuir al pago de los gastos generados por su hospitalización y cuidado.

Los últimos meses Mario los pasó sin beber, en realidad bien portado y mejorando mucho fí­sicamente, pero hoy hace una semana lo vi en mal estado cuando llegué a la oficina y me pidió permiso para usar el teléfono para llamar al sanatorio porque habí­a vuelto a beber. Voluntariamente se refugió en busca de atención para superar su, como él decí­a, sed de guaro y todos confiamos en que su decisión le ayudarí­a.

Pero ayer nos avisaron que habí­a muerto en el sanatorio, posiblemente como efecto del daño que le causó el ritmo de vida impuesto por su adicción al licor. En alguna ocasión me contó que él habí­a sido un hombre de familia, casado y con hijos, y que habí­a estudiado en su juventud en un conocido colegio de la zona 1; que tuvo buenos trabajos y que desafortunadamente el vicio le hizo perder todo lo que tení­a. Platicando con él uno se daba cuenta que era una persona ilustrada, con buena formación, pero sin ninguna capacidad para controlar su adicción y cuando le decí­amos que se metiera a los Alcohólicos Anónimos o que buscara otro tipo de ayuda para dejar de tomar, siempre respondí­a que era inútil, que no habí­a forma de hacerlo y que si hasta habí­a perdido a su familia y se habí­a quedado literalmente en la calle por el trago cuando aún tení­a fuerzas, cuánto más difí­cil le hubiera sido hacer algo en su condición de terrible indigencia.

Ayer, cuando de La Hora me llamaron para decirme que del sanatorio habí­an avisado que se habí­a muerto, me sentí­ muy triste porque en verdad era un buen amigo, con quien conversé varias veces sobre las condiciones que le habí­an llevado a dejarlo todo y a quien traté de ayudar intensamente para que mejorara. Su caso me sirvió para ver que hay condiciones en las que realmente es poco lo que se puede hacer para ayudar a alguien porque literalmente no desean dejarse ayudar y pareciera como si en el fondo su intención era desaparecer, ponerle fin a una vida que terminaba siendo un verdadero martirio. Una vida en la que el único objetivo era juntar los centavos suficientes para comprar el trago del dí­a sin ninguna ilusión, nada que le inspirara para emprender una nueva ruta. Hoy, al despedirlo en su viaje final, creo que Mario al fin logró su objetivo porque una vez me dijo que la única forma en que dejarí­a de tomar serí­a al morir.