Mucho más que los martes con el viejo profesor


Oscar-Marroquin-2013

Hace algún tiempo leí el libro Tuesdays with Morrie, traducido al español con el título “Martes con mi viejo profesor”, en el que el autor Mitch Albom relata el enorme significado del reencuentro que tuvo con su viejo maestro de sociología, Morrie Schwartz, a quien había prometido al graduarse de la Universidad que se mantendría en contacto, pero el ajetreo de la vida rápidamente le hizo olvidar la promesa hasta que, pasados dieciséis años, se enteró que Morris estaba sufriendo la enfermedad de Lou Gehrig, es decir la mortal esclerosis lateral amiotrófica.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


El libro me gustó mucho porque siempre he tenido especial gusto por aprender de los más viejos y por ello dediqué incontables horas a platicar con mi abuelo y le acompañé en los últimos años de su vida, exprimiendo sus conocimientos y su experiencia. Luego tuve la dicha de compartir aquí en La Hora infinidad de vivencias con mi padre, desarrollando una de las más estrechas relaciones que tuve en mi vida, hasta que alguien se encargó de romper ese vínculo.
 
 Desde hace muchos años, unos treinta digo yo, los viajes eran una oportunidad para entablar largas conversaciones y discusiones con mi suegro en las que creo que no hubo tema que no abordáramos y sobre el que no afloraran acuerdos y desacuerdos. La relación con los padres y los abuelos generalmente es fácil por espontánea y porque los lazos de sangre son entrañables, pero la relación con la familia política tiene mala fama y no es únicamente cuestión de los chistes que abundan sobre las suegras. El caso es que por fortuna he tenido una buena relación con mis suegros, al punto de que a estas alturas de la vida creo no equivocarme al pensar y sentir que mi suegro y yo nos podemos considerar los mejores amigos por el trato que tenemos, por lo que nos conocemos mutuamente en muchas cosas que hemos platicado sobre el sentido de la vida, de la familia, del civismo, de la ética y los valores.
 
 Mitch Albom se enriqueció muchísimo y enriqueció muchísimo a Morrie con esas reuniones semanales en las que lo mismo se hablaba de la profunda dimensión de la vida que de las cosas más superfluas y aparentemente irrelevantes. Yo he tenido la suerte, como la tuve con mi abuelo y luego con mi padre, de mantener esos contactos con mucha más frecuencia y honestamente han sido experiencias que no tienen precio por el frondoso intercambio.
 
 Hace ya buen tiempo que adquirimos con mi suegro la costumbre de tomarnos un trago por la noche y con el correr del tiempo uno y otro echamos de menos el momento en que a él le sirven su escocés con hielo y un poquito de agua y a mí uno puro que voy sorbiendo lentamente mientras hablamos de infinidad de cosas. Mi suegra siempre se ríe porque él frecuentemente me pregunta si me acuerdo de tal o cual evento ocurrido cuando ellos eran jóvenes y no había nacido. De algunos he leído y conozco su historia y de los que no se nada, voy aprendiendo.
 
 Carlos Pérez Avendaño ha sido un médico exitoso con extraordinaria orientación al estudio. Muchas veces, compartiendo alguna vacación en Estados Unidos, a eso de las dos o tres de la madrugada veíamos que se encendía la luz de la sala porque era la hora en que se ponía a leer sobre medicina para mantenerse al día. La bioética se convirtió en una de sus pasiones en los últimos años y al respecto teníamos las más entretenidas y enriquecedoras discusiones, puesto que aún en profundo desacuerdo sobre algunos conceptos, terminábamos riendo al ver que no había posibilidad de entendernos.
 
 En estos días lo visito más, aunque platiquemos menos pero a la hora que sea, cuando me ve entrar me pregunta si ya es hora del traguito del día, ese momento que me recuerda tanto los martes con el viejo profesor.