La elegancia y pulcritud de la música mozartiana, heredada de los cánones racionalistas del clasicismo iluminado de su siglo, le viene también del refinamiento cortesano y burgués de los medios europeos por donde transitó su genio.
Pero, más allá de los aspectos puramente formales de su obra, aunque es común repetir el principio de forma y contenido, en toda obra estética, y aun en cualquier signo, son inseparables, la obra de Mozart reúne principios románticos.
El Romanticismo, sobre todo el alemán, aparte de otras y muchas características, se perfila como búsqueda de armonía que se sabe perdida. Armonía que es la Unidad sugerida por la diversidad que es el mundo. Basta recordar uno de los temas principales del poeta Hí¶lderling en su obra «Empédocles» (filósofo de la Unidad, propiciada por Eros). Por esta razón, el Romanticismo es utópico. Y es utópico también porque cree firmemente en la superación del hombre, es decir, en su trascendencia en sí y por sí mismo; por medio de la educación de sus emociones, más que por el ejercicio y desarrollo de sus facultades racionales. El principio del Sujeto desde el cual se funda el sentido de toda realidad; sin menospreciar, mucho menos negar, la realidad ni la existencia del Objeto (Physis).
El Romanticismo es un nuevo antropocentrismo que puede seguir dos rumbos: el del Sujeto que se ve y se sabe impotente frente al objeto, y el del Sujeto que se afirma a sí mismo frente al Objeto, como capaz de absolverlo todo en intuiciones que son unificadoras (universales).
En el primero de los casos, el romántico: o enloquece, o muere; en el segundo, asume una actitud festiva y contemplativa (como un nuevo místico). Mozart está aquí, en esta última postura. Con muy pocas excepciones, toda su obra es festiva: toma una idea musical y la contempla y acaricia como si se tratara de una idea pura (Platón), de una entidad descubierta dentro de él (idealismo subjetivo), aunque no dependiente de él. Por esa y otras razones, Mozart está más allá de todos sus contemporáneos y de muchos músicos actuales. Mozart se descubre y nos descubre la Unidad en sus ideas musicales y en el tratamiento de las mismas. Está más allá de lo festivo, aun en sus divertimentos.
Mozart supera a sus contemporáneos, pues éstos proponen y desarrollan, mientras que él propone, contempla, acaricia, en su desarrollo las ideas musicales. Y, cuando las contempla, ríe y festeja, dando un paso más, porque en Mozart, la idea rectora (nuevamente como en Platón) es una idea moral: el sumo bien, la actitud moral heroica extrema.
En «La flauta mágica», «Don Giovanni», «El rapto en el Serrallo», «Idomeneo», etc., pero, sobre todo en «La clemencia de Tito», el hombre ya no es eso, un simple mortal condenado al sufrimiento y a la ignominia por la presión de sus pasiones y del imperio del Objeto; es el Superhombre antecesor de Nietzsche, capaz de levantarse moralmente a través del perdón, como animal triunfante heredero legítimo, único y responsable de la Unidad; quien tiene al mundo por escenario de su poder espiritual que es su poder moral, es decir, su poder esencialmente humano.
Y hay algo más, en Mozart, lo moral se manifiesta al margen de los principios dogmáticos cristianos (la í“pera, esencialmente es un fenómeno estético laico, con temas mucho más humanos que religiosos).
Tito, el emperador, el clemente, se afirma independiente y superior a las leyes positivas y contractuales. Tito es un hiperbóreo, Tito es otro Zaratustra.