Constituye un gran problema el hecho de que se haya producido ya una inundación de vehículos de toda clase en esta capital y, virtualmente, en los demás centros urbanos y rurales del país, incluidas, desde luego, las carreteras.
A toda hora del día y en las primeras de la noche zumban por todos lados los autobuses urbanos y extraurbanos, los camiones, los traileres, los automóviles, las paneles y las motos de empresas comerciales e industriales; también circulan bicicletas, carretas y, aun, cualquier cosa rodante y ruidosa con objetos de ventas callejeras y botes que arrastran los limpiadores y cuidacarros (hombres y mujeres), a quienes la policía les permite obstruir las vías y a veces ir contra la vía…
Pero nuestro propósito especial es, en esta ocasión, referirnos al caso de los conductores de motos y bicicletas; unos y otros provocan situaciones temerarias, sumamente peligrosas para ellos y para las personas que manejan automotores de cuatro ruedas, pues corren rápidamente en las calles citadinas como con premura y lo hacen entre carriles de la izquierda y del centro, por lo que pueden en cualquier momento sufrir graves accidentes para dejarlos como «sandwiches» los pesados vehículos que van apareados. Ya se han producido trágicos accidentes por esa forma imprudente de motoristas y ciclistas. Lo conveniente es que vayan siempre en el carril derecho, aunque es sabido que los chóferes de buses y de otros pesados «patas de hule», en su mayoría abusivos y desalmados, los atropellan con intención o sin ella. Se valen de la impunidad que campea en el país.
Esos muchachos que trabajan para los establecimientos que expenden «comidas rápidas», por ejemplo pizzerías, los restaurantes «McDonald» y «Pollo Campero», supuestamente «tiranizados» por sus jefes, hacen zigzags por aquí y por allá en las vías al sentirse atosigados, por cuanto deben llegar prontamente a las casas, oficinas y demás lugares de donde han sido solicitados los productos alimentarios, toda vez que si por llegar tardíamente corren el riesgo de no ser aceptado lo pedido, los modestos empleados repartidores son obligados por los jefes a pagar lo que es rechazado. No les aceptan excusas ni porque el pandemónium del tránsito es el causante muchas veces de las demoras.
Lo lesivo, arbitrario e injusto es que, cuando ocurren las tragedias, los chompipes de la fiesta macabra son los conductores de los vehículos que dejaron «wash and wear» o convertido en «sandwich» al de la moto o al de la bicicleta. Ante tan deplorables hechos contingenciales lo procedente es disponer bien el tiempo. ¡Nada de exponer a los serios peligros en las calles y carreteras a los modestos distribuidores de las «comidas rápidas»!
En otros países, en los que las ciudades y las carreteras se encuentran saturadas de «trastes rodantes» han adoptado medidas adecuadas para evitar la peligrosidad de las motos, bicicletas, carretas y otros vehículos por el estilo y, en otros donde la autoridad y la gente común y corriente es organizada, educada y respetuosa de las disposiciones de tránsito, abundan los «caballos de los pobres», como diría Pepe Milla…
Lanzamos la pelota a quienes se encargan de vigilar, controlar y normalizar el tránsito vehicular en toda la geografía de este patio centroamericano, y ojalá que no echen en saco roto lo que hemos expresado en este espacio de LA HORA.