«El pensamiento crítico sólo podrá ser fecundado a partir de su vinculación con lo que hay fuera de la universidad.»
Atilio Borón
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Las participación de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) en procesos cruciales para el desarrollo de la agenda nacional, como la elección de magistrados a la Corte de Constitucionalidad y Corte Suprema de Justicia, la designación de representantes ante la Junta Monetaria y la Junta Directiva del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) -entre otros-, así como la disposición constitucional de asignarle un presupuesto anual equivalente al 5% del Producto Interno Bruto (PIB), han convertido a la Rectoría de esta casa de estudios en un botín apetecido para los grupos que manejan las instituciones del Estado a su sabor y antojo con el fin de satisfacer sus intereses.
Es evidente que la Usac atraviesa por un mal momento: mala calidad educativa en muchas cátedras, hacinamiento de estudiantes, deterioro en muchas áreas de su infraestructura, pocos aportes en investigación y difícil acceso para los estudiantes de primer ingreso.
A pesar de lo que intentan hacernos creer, estos problemas que caracterizan una situación preocupante de la Usac no es consecuencia de su carácter público y autónomo, ni de su sistema de cogobierno que permite a estudiantes, egresados y catedráticos elegir a sus representantes para dirigirla y administrarla, sino de la estrategia por debilitar a la única institución pública de educación superior y, bajo la excusa de ineficacia, avanzar en el proceso de privatización.
Pareciera que, hasta el momento, el plan les ha dado buenos resultados. El primer paso reaccionario ante el carácter social de la Usac y de sus aportes por la construcción de una sociedad más justa en la década de 1970 y principios de 1980, fue la lucha por hacerse cargo de la Rectoría.
¡Qué afrenta para la Universidad de San Carlos de Guatemala, que demostró su capacidad de propuesta y de respuesta ante la grave situación en la que se encontraba el país durante las dictaduras militares, la involución que han promovido para convertirla en un nido donde se reproduce la clase política nacional: corrupta, tramposa, arribista y electorera!
Al igual que lo hacen con los demás servicios públicos, intentan convertir la educación superior en una mercancía disponible únicamente para quienes tienen los bolsillos llenos. «La educación superior no es un derecho, sino un servicio que debe comprarse», escribió recientemente una columnista de prensa, en un intento por reforzar la idea que los pupitres de las aulas universitarias son espacios de privilegio a disposición única de la élite.
Y, en parte, lo han conseguido, porque los exámenes de admisión, en vez de cumplir su papel de evaluar las habilidades de los estudiantes recién graduados de diversificado, no son más que un método de selección para no llenar más las aulas universitarias, y han llevado la calidad educativa a niveles tan bajos que el título extendido por la Usac cada día tiene menos valor.
El proceso de «colonización de la universidad», como lo llama el sociólogo Atilio Borón, hace mucho más difícil la tarea para quienes han emprendido una lucha de rescate y renovación de la Usac, pues ésta, dominada en los últimos años por grupos conservadores que parecen estar en contra de la ciencia como herramienta para la transformación social, han hecho de esta institución de educación superior, un baluarte del conformismo, del conservadurismo y de la reacción.
De ahí, la importancia de estas próximas elecciones a Rector, que pueden representar un continuismo de lo que se ha hecho durante los últimos años, o una oportunidad de concretar la propuesta de cambio. Por ello, es alentadora la propuesta del doctor Eduardo Velásquez, quien ha demostrado en reiteradas ocasiones la visión que tiene sobre la Universidad, como un espacio de educación, formación, investigación científica y propuesta ante los problemas que afrontamos en el país.