La debilidad actual del Estado de Guatemala se debe, entre otras razones, a que éste se encuentra secuestrado por una oligarquía rancia, medioeval que controla el país como si fuera su finca privada e impone el actual estado de cosas. Tenemos un Estado débil, porque también está secuestrado por mafias y redes del crimen organizado y del narcotráfico, por redes de capitales transnacionales ligadas a la extracción y explotación de minerales y metales estratégicos y preciosos de elevados valores en el mercado internacional.
Secuestrado por redes de militares contrainsurgentes y violadores de Derechos Humanos que mantienen la impunidad, por redes de operadores y administradores de injusticia. Secuestrado por una clase política corrupta al servicio de intereses de grupos oligarcas endógenos y exógenos, políticos indoctos, pisteros, camareros del sistema de dominación.
Para salir del atraso, de las condiciones de subdesarrollo, para superar el racismo, la discriminación, el analfabetismo, la desnutrición, el país necesita cambios profundos, guiados con sentido humano, o sea, volver la vista a la función esencial del Estado, que es el de conseguir el bien común, entendido como el bienestar para toda la población, para todos los seres humanos que habitan en su territorio. El Estado debería crear las condiciones para que todos los habitantes tengan garantizada una vida digna, para vivir bien, tener acceso a una alimentación adecuada, educación de calidad, servicios de salud y medicamentos; a un trabajo estable y seguro, a un salario suficiente, a vivienda digna, a servicios elementales garantizados y al aumento de oportunidades para todas las personas.
Para lograr en Guatemala lo que parece inalcanzable, necesitamos que el poder político cambie de manos y de conductores, necesitamos barrer con toda la clase política actual, porque todos son una partida de chanceros, corruptos, tránsfugas, soba levas, pro empresarios neoliberales, pro imperialistas, pero sobre todo, marchantes que venden el territorio nacional y entregan los recursos del país al mejor postor, todo para favorecer intereses espurios de las élites, de los oligarcas y del capital transnacional.
El país requiere cambios serios, para ello es imprescindible remover las viejas estructuras, limpiar con chilca, siete hierbas y siete machos al Gobierno y al Estado, sacar a patadas a todos los ladrones, narcos, criminales, violadores de Derechos Humanos, genocidas, abusivos e indoctos que por siglos han ejercido el poder público, se han enriquecido en base a la explotación perversa de la fuerza de trabajo y han construido una base estructural plagada de injusticia, desigualdad, inequidad, racismo y discriminación social.
Ya no se puede seguir con el mismo sistema político que tenemos, porque es arcaico, es injusto, es desigual, mantiene la inequidad y es como ya dije, obsoleto. No obstante que, desde hace varios años se discute una reforma al sistema político actual, que existen varias iniciativas de reforma promovidas desde organizaciones de la sociedad civil, que el actual Gobernante Pérez, coincide con la necesidad de cambiar las reglas del juego político, no obstante que, hay razones suficientes para empujar hacia adelante la reforma política, es la clase política representada en el Congreso Nacional la que se opone, son los mismos Diputados que no quieren perder privilegios, quienes ahora se resisten a seguir discutiendo y conociendo las propuestas de reforma política.
Hay que darle vuelta a la tortilla, hay que construir una fuerza social incluyente, que por los medios del sistema arcaico que tenemos, entre a la arena política a disputar el poder que han mantenido las élites. Esta fuerza social debe estar nutrida y encabezada por los sectores sociales históricamente excluidos, por lo mejor de las organizaciones étnicas de los pueblos originarios, por las organizaciones de mujeres, de viudas y víctimas, por pobladores y defensores del territorio, por organizaciones campesinas, por las juventudes y por intelectuales.
P.S. ¡Viva la Revolución cubana!