Mitos y realidades de la asistencia social


Los años no pasan en balde, por lo que puedo asegurar que no ha habido presidente, salvo contadas excepciones, que no haya hecho hasta lo imposible porque su señora esposa contribuya eficazmente a hacer efectiva una buena labor en beneficio de los desposeí­dos. Mis contemporáneos no me dejarán mentir si digo que fue doña Elisa Martí­nez de Arévalo el modelo a imitar por quienes llegaron después a ocupar el solio presidencial y, sin menospreciar lo que hayan hecho muchas primeras damas, hay que reconocer que muy pocas lograron la estupenda labor de doña Elisa, dejando para la posteridad muchas obras, entre otras, las famosas Guarderí­as Infantiles, tan útiles e importantes para aquellas familias guatemaltecas en que tanto el esposo y su compañera de hogar contribuyen a su sostenimiento. No es cosa nueva entonces hablar de «cohesión social», «gobierno para los pobres» y tantos más finamente escogidos nombres para programas que finalmente sirven para el mismo objetivo.

Francisco Cáceres Barrios

Hace poco leí­ en Diario La Hora que el problema de los indigentes que duermen y viven en nuestras calles no es una cosa fácil de resolver. Eso no debiera significar que se siga posponiendo el encontrarle soluciones al problema que, conforme ha ido creciendo la ciudad capital y demás urbes en el interior de la República, se ha ido agudizando, hasta causar problemas de salud comunitaria, desorden y suciedad en nuestras calles, pésimo aspecto para nuestros visitantes, aparte del abandono y malas condiciones humanas en que viven estas personas. De un tiempo a esta parte, hemos venido observando lo que ocurre en la acera frente al Santuario de la Virgen de Guadalupe (8ª Calle y 1ª Avenida de la zona 1) y en el parque y atrio de la Iglesia de San Sebastián (6ª Avenida, entre 2ª y 3ª calles de la zona 1) que los cito únicamente a manera de ejemplo, porque perfectamente sabemos que van creciendo por todo el paí­s.

Por lo anterior, no me cabe ni un ápice de duda que en Guatemala es interminable la asistencia social que hay que brindar, por lo que es forzosamente necesario establecer un orden de prioridades para atenderlas, así­ como estructurar los presupuestos, claramente definidos, montar una o más organizaciones que deban encargarse de llevarlas a feliz término, controlar y fiscalizar que todo se lleve a cabo dentro de un marco de legalidad, honestidad y transparencia. ¿Será tan difí­cil o imposible hacer esto para un gobierno tan grande y costoso como el nuestro?; ¿podrán ser válidos los argumentos que esgrimen los ejecutores, contralores y fiscalizadores, de que con el afán de atender tantas necesidades, no es posible cumplir con lo que la ley manda? A mí­ me parece que no. Que mucho podrán hablar, el Vicepresidente, la Primera Dama, los secretarios, los ministros y hasta la corte celestial, pero ¡la ley es la ley y hay que cumplirla!